el mal (¡o buen!) paso, nos hicimos los correspondientes análisis y estamos más saludables que San Francisco de Asís, que como es sabido sólo copulaba con ovejitas y cervatillos. Por otra parte, usamos indefectiblemente las gomas que prohíbe el Santo Padre, tan anacrónico él, pero no para preservarnos del sida sino del embarazo. A propósito, ¿llegó al Río de la Plata el cuento del cacique piel roja y su hijo menor? Éste pregunta un día a su venerable progenitor: ¿Por qué mi hermana mayor se llama Claro de Luna? Se llama así, responde el veterano, porque tu madre y yo la concebimos una noche en que lucía en el cielo una luna esplendorosa. ¿Y por qué ?insiste el curioso y algo llenador indiecito?, mi hermano se llama Caballo Salvaje? Se llama así, responde el cacique, porque, aunque parezca increíble, tu madre y yo lo concebimos, con cierta incomodidad pero con ánimo aventurero, mientras cabalgábamos sobre un caballo especialmente brioso. ¿Y por qué? empezó a balbucear el cargante jovenzuelo, pero en ese momento al cacique se le acabó la paciencia y le gritó: ¡Basta ya, Goma Rota! Lo dijeron por la tele. ¿Qué te parece la libertad de que gozamos? De más está decir que no era un programa del Opus Dei. No te preocup