24 Querido Viejito: En realidad, no debería escribirte, porque sos un ingrato, un padre desnaturalizado o algo por el estilo. Ya hace seis meses que te fuiste y sólo me escribiste dos veces, aunque dejando constancia, eso sí, de que me echabas mucho de menos. Un cuentamusas, eso es lo que sos. Pero igual te quiero, qué voy a hacer. Si hoy he decidido escribirte, desprendiéndome por un rato de mis más que justificados rencores, es porque tengo una importante noticia: ¡estoy enamorada! El afortunado es un chaval (bueno, no tan chaval, tiene 24 años) que conocí hace dos meses en lo de Inma. ¿La ubicás? La de la galería Veneto, en la calle Zurbano. Fue ella quien nos presentó. Un flechazo. Como los de antes, esos que aparecían en las novelas del siglo pasado. La diferencia es que a los quince días ya nos habíamos acostado. En su pisito, claro. A la Vieja todavía no se lo he dicho (no me refiero a la relación, que sí la conoce, sino a la cama) porque a ella la tengo cerca. A vos te lo digo porque está el Atlántico de por medio, y además, cosa rara, con vos siempre tuve más confianza. Así que no me defraudes: no me envíes una paliza por fax. Pues sí, nos acostamos. Una maravilla, Viejito. Según me han contado, los de tu generación aprendían los detalles en el Kama Sutra; nosotros, en cambio, en el Katre Sutra. Aunque te parezca mentira, y desacreditando todas las estadísticas y encuestas que, según la prensa seria, sostienen que la mayor parte de las jóvenes españolas, residentes en medios urbanos (sic), pierden la virginidad a los quince, yo, que soy joven española urbana y a mucha honra, pero con genes del Cono Sur, la he perdido a mis tardíos diecinueve. Debo ser un caso de adolescencia attardé. Por favor, Viejito, no me vengas con el riesgo del sida, porque tanto Esteban (así se llama y es de la ilustre Salamanca) como esta hija tuya, antes de dar
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