Javier se repantigó en su cómodo asiento, dispuesto a dormitar, pero no pudo. El paisaje, cada vez más veloz, lo sumía en el desvelo. Casitas de dos plantas y tejas rojas, grandes bloques de apartamentos en ciudades-dormitorio, iglesias con nidos de cigüeñas, uno que otro helicóptero extraviado. De pronto la puerta del compartimiento se abrió y a Javier le sobrevino una violenta taquicardia. Una muchacha más hermosa que cualquier carátula de Playboy le dedicó una mirada verdaderamente acalambrante. Se sentó frente a la maleta, la depositó con algún esfuerzo en el asiento de enfrente, extrajo de su bolso un llavero, abrió el candado y en consecuencia la valija, se quitó la chaqueta y la depositó en su interior, luego hizo lo mismo con un pulóver de lana verde, la blusa, los jeans, las medias, los zapatos. Cuando quedó totalmente desnuda y envolvió de nuevo a Javier con su mirada acalambrante, él se puso de pie, ya sin taquicardia, se quitó el saco, la camisa, los pantalones, la ropa interior, los calcetines, los zapatos y hasta el reloj pulsera. El rostro de la hermosa era de aceptación incondicional, de placer en cierne. Sólo dijo tres palabras: ?Me llamo Rita?. Fue sólo entonces que Javier advirtió, para su desencanto, que el tren estaba entrando en otra estación, mucho más modesta que las anteriores y enseguida pudo reconocerla como la vieja y casi en desuso Estación Central de Montevideo. Miró por última vez a la muchacha y la maleta, y en un gesto desesperado pero impostergable, decidió despertar. Le costó un poco darse cuenta de que el bueno de Bribón le estaba lamiendo un tobillo.
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