Test Jun. 2012 | Seite 77

19 Cuando el ferrocarril no había empezado aún a moverse, Javier se asombró de que el vagón estuviese vacío. La única presencia extraña era una maleta dura, tipo Samsonite, que dormitaba entre dos asientos mullidos, como siempre son los de primera clase. Los andenes de Stazione Termini estaban en cambio repletos de viajeros, turistas o autóctonos, con impecables trajes de burócratas o desaliño de globetrotters, con estampa de cosa nostra o sotanas del Vaticano. Había parejas que se sobaban minuciosamente durante el beso de despedida, madres que lloraban su desconsuelo ante el adiós del hijo recluta asomado en la ventanilla de segunda clase, changadores que sudaban copiosamente, ancianas que pedían ayuda para subir al tren sus discretos baúles. Javier miraba atónito desde el vagón vacío. Él y la dura maleta acaso abandonada se miraban solidariamente. Cuando el tren por fin arrancó, se tapó los ojos. Sólo volvió a mirar cuando las plataformas y andenes de la colmada estación habían dejado sitio a la zona industrial, con chimeneas que salían al encuentro del convoy y luego se alejaban en dirección a Roma. Cuando por fin apareció la campiña, con vacas que bostezaban su tedio existencial y corderos que corrían exultantes, como si no les preocupara su futuro de carnicería, y hasta cosa extraña un hipopótamo casi azul metido en un charco barroso. Durante tres horas, o dos, o cuatro (en el ferrocarril el tiempo avanza como sobre patines), Javier estuvo inmóvil, la valija también. Cuando por fin entraron en otra estación de categoría, Javier reconoció que se trataba de Cornavin, así también se llamaba la única vez que estuvo en Ginebra. Aquí los andenes albergaban mucha gente, pero el estilo suizo se contagiaba a los turistas, y todos, 84 Pocket Andamios.p65 84 31/5/00, 13:56