tan lejanos como la batalla de Las Piedras. Alguna redada policial; la negativa generalizada cuando salen a buscar trabajo; las crónicas orales de padres, tíos y abuelos; el talante todavía rebelde de algunos sobrevivientes del cancionero popular de los sesenta y setenta, todo eso les entra por un oído y les sale por el otro, en tanto que el rock les entra también por un oído, les deteriora un poco el tímpano pertinente y se les queda allí, en el cerebro, a formar parte de su ritmo de vida. Algún día ese ritmo les saldrá por el otro oído, no lo dudes, pero tal vez sea tarde. Javier acotó que él no era tan pesimista. ?Claro, porque te fuiste. Mirá que no te lo reprocho. Yo también me habría ido, si hubiera podido. Pero no me dieron tiempo, ya sabés que caí en una redada absurda. Cuando pude, ya no era el momento. Lo cierto es que tu experiencia es distinta de la mía. Mientras hablaba, sin rencor y casi sin amargura, tranquila pero triste, Javier miraba sus largas manos que, sin poner demasiada atención, jugaban a la payana con las cinco piedritas de rigor. Cuando hizo el puente y concluyó la serie, miró a Javier. ?Viste, todavía me acuerdo. No tenés idea de la felicidad que habría sido para cualquiera de nosotras poseer estas cinco piedritas en la celda. Pera allí no había ni eso. Javier cocinaba a veces, pero hoy no tenía ganas. Por otra parte, su repertorio culinario no iba más allá del churrasco, los huevos fritos y acaso una ensalada. Así que fueron caminando hasta la única cafetería de ese alrededor. Rocío recorrió con mirada profesional la nutrida asistencia. ?Ésta sí que es clase media pura y dura. Javier sonrió. ?Somos eso ¿no? ?Y a mucha honra, qué caray. A la tarde, tras un café que sí preparó Javier y una reparadora siestita en los perezosos, siguieron barajando temas y problemas. ?Estoy terriblemente charlatana ?admitió ella un poco avergonzada?. Pero no sabés cuánto tiempo hace que
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