13 Aunque parezca extraño, siempre que se reunían los del viejo clan, hablaban de cualquier cosa menos de su pasado en común. Hablaban, por ejemplo, de la epidemia de cólera que afortunadamente no alcanzó a este país; de la alianza de los partidos tradicionales para reventar a la izquierda que emerge; de los etarras cuya extradición reclamó y consiguió el gobierno español y los consiguientes incidentes (con un muerto) del Filtro; de las ventajas y desventajas del Mercosur; de la red de prostitución uruguayo-milanesa; de Punta del Este como antifaz o contra rostro del país; de la telebasura; del cierre sucesivo de cines y teat ros; de las reyertas internas del Frente Amplio; de la Ley de Lemas; de la invasión coreana en la Ciudad Vieja y alguna zona del Centro y las consecuentes disputas de consumados karatecas por la momentánea posesión de una puta doméstica. Los argumentos se cruzaban con los tragos; las intolerancias con las euforias; las depresiones con el estrés, todos ellos prototipos insoslayables de la industria nacional de estados de ánimo. En cambio, cuando Javier los encontraba de a uno, la cosa era distinta. Tenía por norma no preguntarles sobre la época sombría. Sentía que, como recién llegado, no tenía el derecho de escarbar en pretéritos íntimos, lesiones tristes, reservadas, a veces dramáticas. Pero en algunas ocasiones, aunque él no preguntara, el viejo compinche reflexionaba en voz alta. Por ejemplo Alejo, que pasó seis años, no sólo entre rejas sino entre inolvidables olores a podrido. ?El horror del calabozo no es sólo lo que te quita sino también lo que te impone. Al final te vas resignando a carecer de lo que te han despojado (el aire libre, tu mujer, tus hijos, tus lecturas, tus debates ideológicos), pero nunca te amoldarás a soportar lo que te fuerzan a aceptar. Y
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