7 Un germánico de la Schwarzwald le dijo una vez a un vallisoletano amigo de Javier que él no entendía el uso del superlativo en castellano. ?Fíjate: bueno, estupendo, cojonudo.? Y el vallisoletano, divertido y con ese humor de golpe y porrazo que caracteriza a los ibéricos (excluido Gila, que por suerte practica la sutileza) le enjaretó: ?Ah sí, ¿no será que en alemán no tienen cojones??. Y, claro, el teutón que era hijo putativo de la Wehrmacht, no le habló más pero entendió la diferencia. Javier recordó ese tierno dialoguito porque estuvo un buen rato tratando de definir el oficio de periodista y por fin encontró que el calificativo adecuado era ése: cojonudo. Traducido al rioplatense sería piola o macanudo. Cojonudo idioma éste de Cervantes y Peloduro. Pero, al fin y al cabo, admitida la cojonudez o piolismo del sacro oficio, ¿cuál había sido, en su trayectoria personal de prensa, el capítulo más conmovedor o ridículo o escalofriante? Por ejemplo, había asistido, de pura casualidad, a aquel episodio de la calle Piedras, cuando en plena canícula dos truhanes se fajaron (al parecer a causa de un alijo) durante una nutrida media hora, puñalada va, puñalada viene, sin que nadie interviniera, menos que menos la policía, y allí quedaron quietecitos, en medio de un charco de sangre compartida. Entonces fue corriendo hasta la redacción y describió la refriega con tanto realismo que el jefe le reprendió: Te la acepto porque estamos sobre el cierre, pero mirá que en policiales no quiero ciencia ficción. Otra buena fue la de aquel accidente en Comercio (que todavía no se llamaba Avenida Mariscal Francisco Solano López) y Dalmiro Costa, cuando un motonetista se introdujo con máquina y todo, nadie supo cómo, en un camión, container o algo por el estilo, que estaba inmóvil, candoroso y ajeno, listo para introducirse en el portal de
44
Pocket Andamios.p65
44
31/5/00, 13:55