cuenta de que tenía las manos húmedas, como sudadas a pesar del aire fresco, y ella siempre había sentido un inevitable rechazo hacia las personas con las manos sudadas. ?Pero, Javier, no te preocupes, eso es sólo una manía personal y estoy segura de que don Ángelo es un maestro excelente. Javier bajó los ojos, se miró las puntas de sus zapatos de domingo, que aún conservaban un poco de la tierra roja del patio del colegio. Y así, mediante un suspiro profundo y desolado, puso punto final a uno de los más ambiciosos proyectos de su vida.
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