4 En aquel modesto colegio de Villa Muñoz enseñaban diez o doce maestras. Y sólo un maestro. Cuarentón, de mediana estatura, canoso que había sido rubio, manos grandes con dedos afilados como dicen que usan los pianistas, pecoso pero no demasiado, con pantalones anchos y campera estrecha pero de marca, tal vez heredada de algún pariente próspero, fumador empedernido pero nunca en clase, con zapatos trajinados pero siempre lustrosos, y una voz agradable, más bien grave, ante la cual era imposible distraerse. De nombre, Ángelo Casas. Ojo: Ángelo, no Ángel. Igual que su abuelo de Udinese. Los muchachos le decían ?don Ángelo? o simplemente ?maestro?. Todos lo querían, pero Javier lo quería más. Tal vez porque era huérfano y, en su andamiaje personal, don Ángelo venía a ocupar el lugar del padre. Lo cierto era que en clase Javier ponía el máximo de atención, aun en aquellas mañanas en que el maestro se dedicaba a leer las rondas de Gabriela Mistral, algo que siempre lo aburría. Dame la mano y danzaremos; dame la mano y me amarás. Años después aprendió a disfrutar de la ?otra? Gabriela, la de Desolación, pero en aquel entonces apenas si disculpaba esa insistencia poco menos que obligatoria, sabedor de que una vez al mes no había más remedio: debían cantar a coro con las otras clases, en un alarde de empalago colectivo. Podían haber elegido, por ejemplo, a Juan Cunha. Desde que había encontrado un ejemplar de Triple tentativa en la biblioteca del tío Eusebio (?Un gato por la azotea. / La noche, parda también. / Un gato por el pretil: / Con su sombra, ya eran dos; / Y, contándole la cola, / Podía pasar por tres?), Javier se había convertido en un devoto de Cunha, aunque éste no escribiera rondas infantiles. La poesía especialmente escrita para niños le producía alergia o más
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