2 No recordaba haber visto un horizonte dibujado con tanta nitidez. Como trazado con un tiralíneas. Así, desierta, la playa tenía cierta dignidad. Entre la costa vacante y la lejanía, un poco más acá del horizonte, la procesión de toninas giraba sobre sí misma. Javier aspiró con fruición aquel aire salitroso. Y, casi sin proponérselo, empezó a bajar. A bajar por la pendiente de la memoria. En otra playa, más al Este, quizá con una franja más ancha de arena y con un horizonte no tan finamente trazado, con treinta años menos, claro, había conocido a Raquel. Bien instalada en la adolescencia, con un aura de virginidad que todavía se usaba a mediados de los sesenta, discretamente custodiada por hermanos y hermanas, primos y primas, y no demasiado consciente de su desbordante simpatía y de su cuerpo recién acabado de moldear, nerviosa cuando se recogía el pelo negro y tranquila cuando se sabía mirada y admirada por los codiciosos fornidos de fin de semana, Raquel tenía un modo casi melancólico de coquetear. Cuando se desplazaba entre las dunas, lo hacía muy derechita, sin bambolear el trasero como sus primas querendonas ni acariciarse morosamente los muslos con el pretexto de quitarse la arena. Miraba y frecuentaba a los muchachos casi como otro muchacho, pero era consciente de que ellos sabían establecer la diferencia. La institución del topless era todavía algo inconcebible, pero imaginar lo medianamente oculto era un estimulante ejercicio y una constante revelación, de modo que cada uno de los atléticos mirones creaba su visión personal de aquellos pechitos candorosos, apenas cubiertos por una malla verde que hacía juego con sus ojos esmeralda y esbozaba, con dos leves promontorios, los pezones prematuramente enhiestos. Frente a ese despliegue de seducción e inocencia, Ja28
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