en busca de ese Breckinridge; pero ya había vendido todo el lote y se negó a decirme a
quién. Ya le han oído ustedes esta noche. Pues todas las veces ha sido igual. Mi hermana
cree que me estoy volviendo loco. A veces, yo también lo creo. Y ahora... ahora soy un
ladrón, estoy marcado, y sin haber llegado a tocar la riqueza por la que vendí mi buena
fama. ¡Que Dios se apiade de mí! ¡Que Dios se apiade de mí!
Estalló en sollozos convulsivos, con la cara oculta entre las manos.
Se produjo un largo silencio, roto tan sólo por su agitada respiración y por el rítmico
tamborileo de los dedos de Sherlock Holmes sobre el borde de la mesa. Por fin, mi amigo
se levantó y abrió la puerta de par en par.
––¡Váyase! ––dijo.
––¿Cómo, señor? ¡Oh! ¡Dios le bendiga!
––Ni una palabra más. ¡Fuera de aquí!
Y no hicieron falta más palabras. Hubo una carrera precipitada, un pataleo en la
escalera, un portazo y el seco repicar de pies que corrían en la calle.
––Al fin y al cabo, Watson ––dijo Holmes, estirando la mano en busca de su pipa de
arcilla––, la policía no me paga para que cubra sus deficiencias. Si Horner corriera
peligro, sería diferente, pero este individuo no declarará contra él, y el proceso no seguirá
adelante. Supongo que estoy indultando a un delincuente, pero también es posible que
esté salvando un alma. Este tipo no volverá a descarriarse. Está demasiado asustado.
Métalo en la cárcel y lo convertirá en carne de presidio para el resto de su vida. Además,
estamos en época de perdonar. La casualidad ha puesto en nuestro camino un problema
de lo más curioso y extravagante, y su solución es recompensa suficiente. Si tiene usted
la amabilidad de tirar de la campanilla, doctor, iniciaremos otra investigación, cuyo tema
principal será también un ave de corral.