Test Drive | Page 88

engordar gansos para el mercado. Durante todo el camino, cada hombre que veía se me antojaba un policía o un detective, y aunque hacía una noche bastante fría, antes de llegar a Brixton Road me chorreaba el sudor por toda la cara. Mi hermana me preguntó qué me ocurría para estar tan pálido, pero le dije que estaba nervioso por el robo de joyas en el hotel. Luego me fui al patio trasero, me fumé una pipa y traté de decidir qué era lo que más me convenía hacer. »En otros tiempos tuve un amigo llamado Maudsley que se fue por el mal camino y acaba de cumplir condena en Pentonville. Un día nos encontramos y se puso a hablarme sobre las diversas clases de ladrones y cómo se deshacían de lo robado. Sabía que no me delataría, porque yo conocía un par de asuntillos suyos, así que decidí ir a Kilburn, que es donde vive, y confiarle mi situación. Él me indicará cómo convertir la piedra en dinero. Pero ¿cómo llegar hasta él sin contratiempos? Pensé en la angustia que había pasado viniendo del hotel, pensando que en cualquier momento me podían detener y registrar, y que encontrarían la piedra en el bolsillo de mi chaleco. En aquel momento estaba apoyado en la pared, mirando a los gansos que correteaban alrededor de mis pies, y de pronto se me ocurrió una idea para burlar al mejor detective que haya existido en el mundo. »Unas semanas antes, mi hermana me había dicho que podía elegir uno de sus gansos como regalo de Navidad, y yo sabía que siempre cumplía su palabra. Cogería ahora mismo mi ganso y en su interior llevaría la piedra hasta Kilburn. Había en el patio un pequeño cobertizo, y me metí detrás de él con uno de los gansos, un magnífico ejemplar, blanco y con una franja en la cola. Lo sujeté, le abrí el pico y le metí la piedra por el gaznate, tan abajo como pude llegar con los dedos. El pájaro tragó, y sentí la piedra pasar por la garganta y llegar al buche. Pero el animal forcejeaba y aleteaba, y mi hermana salió a ver qué ocurría. Cuando me volví para hablarle, el bicho se me escapó y regresó dando un pequeño vuelo entre sus compañeros. »––¿Qué estás haciendo con ese ganso, Jem? ––preguntó mi hermana. »––Bueno ––dije––, como dijiste que me ibas a regalar uno por Navidad, estaba mirando cuál es el más gordo. »––Oh, ya hemos apartado uno para ti ––dijo ella––. Lo llamamos el ganso de Jem. Es aquel grande y blanco. En total hay veintiséis; o sea, uno para ti, otro para nosotros y dos docenas para vender. »––Gracias, Maggie ––dije yo––. Pero, si te da lo mismo, prefiero ese otro que estaba examinando. »––El otro pesa por lo menos tres libras más ––dijo ella––, y lo hemos engordado expresamente para ti. »––No importa. Prefiero el otro, y me lo voy a llevar ahora ––dije. »—Bueno, como quieras ––dijo ella, un poco mosqueada––. ¿Cuál es el que dices que quieres? »––Aquel blanco con una raya en la cola, que está justo en medio. »––De acuerdo. Mátalo y te lo llevas. »Así lo hice, señor Ho lmes, y me llevé el ave hasta Kilburn. Le conté a mi amigo lo que había hecho, porque es de la clase de gente a la que se le puede contar una cosa así. Se rió hasta partirse el pecho, y luego cogimos un cuchillo y abrimos el ganso. Se me encogió el corazón, porque allí no había ni rastro de la piedra, y comprendí que había cometido una terrible equivocación. Dejé el ganso, corrí a casa de mi hermana y fui derecho al patio. No había ni un ganso a la vista. »––¿Dónde están todos, Maggie? ––exclamé. »––Se los llevaron a la tienda. »––¿A qué tienda? »––A la de Breckinridge, en Covent Garden. »––¿Había otro con una raya en la cola, igual que el que yo me llevé? ––pregunté. »––Sí, Jem, había dos con raya en la cola. Jamás pude distinguirlos. »Entonces, naturalmente, lo comprendí todo, y corrí a toda la velocidad de mis piernas