Test Drive | Page 8

semejante es muy dificil para un par-ticular, y ciertamente imposible para un Estado cuyas accio-nes son obstinadamente vigiladas por las potencias rivales. Tras las investigaciones efectuadas en Inglaterra, en Fran-cia, en Rusia, en Prusia, en España, en Italia, en América e incluso en Turquía, hubo de rechazarse definitivamente la hipótesis de un monitor submarino. Ello sacó nuevamente a flote al monstruo, pese a las in-cesantes burlas con que lo acribillaba la prensa, y, por ese camino, las imaginaciones calenturientas se dejaron inva-dir por las más absurdas fantasmagorías de una fantástica ictiología. A mi llegada a Nueva York, varias personas me habían hecho el honor de consultarme sobre el fenómeno en cues-tión. Había publicado yo en Francia una obra, en cuarto y en dos tomos, titulada Los misterios de los grandes fondos submarinos, que había hallado una excelente acogida en el mundo científico. Ese libro hacía de mí un especialista en ese dominio, bastante oscuro, de la Historia Natural. Soli-citada mi opinión, me encerré en una absoluta negativa mientras pude rechazar la realidad del hecho. Pero pronto, acorralado, me vi obligado a explicarme categóricamente. «El honorable Pierre Aronnax, profesor del Museo de Pa-rís», fue conminado por el New York Herald a formular una opinión. Hube de avenirme a ello. No pudiendo ya callar por más tiempo, hablé. Analicé la cuestión desde todos los puntos de vista, políticamente y científicamente. Del muy denso ar-tículo que publiqué en el número del 30 de abril, doy a conti-nuación un extracto. «Así pues decía yo , tras haber examinado una por una las diversas hipótesis posibles y rechazado cualquier otra su-posición, necesario es admitir la existencia de un animal marino de una extraordinaria potencia. »Las grandes profundidades del océano nos son total-mente desconocidas. La sonda no ha podido alcanzarlas. ¿Qué hay en esos lejanos abismos? ¿Qué seres los habitan? ¿Qué seres pueden vivir a doce o quince millas por debajo de la superficie de las aguas? ¿Cómo son los organismos de esos animales? Apenas puede conjeturarse. »La solución del problema que me ha sido sometido pue-de revestir la forma del dilema. O bien conocemos todas las variedades de seres que pueblan nuestro planeta o bien no las conocemos. Si no las conocemos todas, si la Naturaleza tiene aún secretos para nosotros en ictiología, nada más aceptable que admitir la existencia de peces o de cetáceos, de especies o incluso de géneros nuevos, de una organización esencialmente adaptada a los grandes fondos, que habitan las capas inaccesibles a la sonda, y a los que un acontenci-miento cualquiera, una fantasía, un capricho si se quiere, les lleva a largos intervalos al nivel superior del océano. »Si, por el contrario, conocemos todas las especies vivas, habrá que buscar necesariamente al animal en cuestión en-tre los seres marinos ya catalogados, y en este caso yo me in-dinaría a admitir la existencia de un narval gigantesco.