¡Vaya! Esto parece serio y se anuncia bien
dijo Conseil.
¡Bah! respondió el rencoroso arponero , ¿qué diablos quiere usted que se coma aquí?
Hígado de tortuga, fidete de tiburón o carne de perro marino...
Ya veremos -dijo Conseil.
Los platos, cubiertos por una tapa de plata, habían sido colocados simétricamente sobre el
mantel. Nos sentamos a la mesa. Decididamente, teníamos que vérnoslas con gente
civilizada, y de no ser por la luz eléctrica que nos inundaba, hubiera podido creerme en el
comedor del hotel Adelhi, en Liverpool, o del Gran Hotel, en París. Sin embargo, debo
de-cir que faltaban por completo al pan y el vino. El agua era fresca y límpida, pero era
agua, lo que no fue del gusto de Ned Land. Entre los platos que nos sirvieron reconocí
diver-sos pescados delicadamente cocinados, pero hubo otros so-bre los que no pude
pronunciarme, aunque eran excelentes, hasta el punto de que hubiera sido incapaz de
afirmar si su contenido pertenecía al reino vegetal o al animal. En cuanto al servicio de
mesa, era elegante y de un gusto perfecto. Cada utensilio, cuchara, tenedor, cuchillo y plato,
llevaba una le-tra rodeada de una divisa, cuyo facsímil exacto helo aquí:
MOBILIS N IN MOBILE
¡Móvil en el elemento móvil! Esta divisa se aplicaba con exactitud a este aparato
submarino, a condición de traducir la preposición in por en y no por sobre. La letra N era
sin duda la inicial del nombre del enigmático personaje al man-do del submarino.
Ned y Conseil no hacían tantas reflexiones, devoraban, y yo no tardé en imitarles. Estaba ya
t