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consistencia. Tras varias infructuosas tentativas, la tripulación logró pasar un nudo corredizo alrededor del cuerpo del molusco. El nudo resbaló hasta las aletas caudales y se paró allí. Se trató enton-ces de izar al monstruo a bordo, pero su peso era tan considerable que se separó de la cola bajo la tracción de la cuerda y, privado de este ornamento, desapareció bajo el agua. Bien, ése sí es un hecho manifestó Ned Land. Un hecho indiscutible, mi buen Ned. Se ha propuesto llamar a ese pulpo «calamar de Bouguer». -¿Y cuál era su longitud? preguntó el canadiense. ¿No medía unos seis metros? dijo Conseil, que, aposta-do ante el cristal, examinaba de nuevo las anfractuosidades del acantilado submarino. Precisamente respondí. ¿No tenía la cabeza prosiguió Conseil coronada de ocho tentáculos que se agitaban en el agua como una nidada de serpientes? Precisamente. ¿Los ojos eran enormes? Sí, Conseil. ¿Y no era su boca un verdadero pico de loro, pero un pico formidable? En efecto, Conseil. Pues bien, créame el señor, si no es el calamar de Bou-guer éste es, al menos, uno de sus hermanos. Miré a Conseil, mientras Ned Land se precipitaba hacia el cristal. ¡Qué espantoso animal! exclamó. Miré a mi vez, y no pude reprimir un gesto de repulsión. Ante mis ojos se agitaba un monstruo horrible, digno de fi-gurar en las leyendas teratológicas. Era un calamar de colosales dimensiones, de ocho metros de largo, que marchaba hacia atrás con gran rapidez, en di-rección del Nautilus. Tenía unos enormes ojos fijos de tonos glaucos. Sus ocho brazos, o por mejor decir sus ocho pies, implantados en la cabeza, lo que les ha valido a estos anima-les el nombre de cefalópodos, tenían una longitud doble que la del cuerpo y se retorcían como la cabellera de las Furias. Se veían claramente las doscientas cincuenta ventosas dispuestas sobre la faz interna de los tentáculos bajo forma de cápsulas