De hecho, tiene razón intervine yo . He oído hablar de ese cuadro, pero el tema que
representa está sacado de una leyenda, y ya sabéis lo que hay que pensar de las leyendas en
materia de Historia Natural. Además, cuando se trata de monstruos, la imaginación no
conoce límites. No solamente se ha pretendido que esos pulpos podían llevarse a los
bar-cos, sino que incluso un tal Olaus Magnus habló de un cefa-lópodo, de una milla de
largo, que se parecía más a una isla que a un animal. Se cuenta también que el obispo de
Nidros elevó un día un altar sobre una inmensa roca. Terminada su misa, la roca se puso en
marcha y regresó al mar. La roca era un pulpo.
¿Y eso es todo?
preguntó el canadiense.
No. Otro obispo, Pontoppidan de Berghem, habla igual-mente de un pulpo sobre el que
podía maniobrar un regi-miento de caballería.
Pues sí que estaban bien de la cabeza los obispos de an-tes
dijo Ned Land.
En fin, los naturalistas de la Antigüedad citan mons-truos cuya boca parecía un golfo y
que eran demasiado grandes para poder pasar por el estrecho de Gibraltar.
¡Vaya, hombre!
dijo el canadiense.
¿Y qué puede haber de cierto en todos esos relatos?
pre-guntó Conseil.
Nada, nada en todo cuanto pasa de los límites de la vero-similitud para desbordarse en la
fábula o la leyenda. No obs-tante, la imaginación de los que cuentan estas historias
re-quiere si no una causa, al menos un pretexto. No puede negarse que existen pulpos y
calamares de gran tamaño, aunque inferior sin embargo al de los cetáceos. Aristóteles
comprobó las dimensi