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Hay que verlo, Conseil. Y henos allí franqueando las negruzcas rocas, en medio de derrumbamientos caprichosos y caminando sobre pie-dras resbaladizas por el hielo. Más de una vez caí rodando a expensas de mis caderas. Conseil, más prudente o más sóli-do, no tropezaba nunca. Me ayudaba a levantarme, dicién-dome a la vez: Si el señor tuviera la bondad de separar las piernas, con-servaría mejor el equilibrio. Llegados a la arista superior del promontorio, vi una vasta llanura blanca cubierta de morsas que jugaban entre sí. Eran bramidos de alegría, no de cólera. Las morsas se parecen a las focas por la forma de sus cuer-pos y por la disposición de sus miembros. Pero su mandíbu-la inferior carece de caninos y de incisivos, y los caninos su-periores son dos defensas de ochenta centímetros de largo y de treinta y tres en la circunferencia de sus alvéolos. Estos colmillos, de un marfil compacto y sin estrías, más duros que los de los elefantes y menos susceptibles de ponerse amarillos, son muy buscados. Por ello, las morsas son vícti-mas de una caza desconsiderada que no tardará en llevarlas a su total aniquilación, pues los cazadores vienen abatiendo cada año más de cuatro mil, sin respetar ni a las hembras preñadas ni a los jóvenes. Pude examinar de cerca y a mis anchas a tan curiosos ani-males, pues nuestra presencia no les inquietó en lo más mí-nimo. Su piel era espesa y rugosa, de un tono cobrizo ti-rando a rojo; su pelaje, corto y ralo. Algunas tenían una longitud de cuatro metros. Más tranquilas y menos temero-sas que sus congéneres del Norte, no confiaban a centinelas escogidos la misión de vigilar las inmediaciones de su cam-pamento. Tras haber examinado la población de morsas, decidí re-gresar. Eran las once, y si el capitán Nemo se hallaba en con-diciones favorables para efectuar su observación deseaba yo asistir a la operación. No creía yo, sin embargo, que se mos-trara el sol aquel día, oculto como estaba tras las pesadas nu-bes que aplastaban al horizonte. Se diría que el astro, celoso, no quería revelar a seres humanos el punto inabordable del Globo. Emprendimos el regreso hacia el Nautílus siguiendo una estrecha pendiente que corría a lo largo de la cima del acan-tilado. A las once y media llegamos al lugar en que habíamos desembarcado. El bote, varado, había depositado ya al capi-tán en tierra. Le vi allí, en pie sobre una roca basáltica, con los instrumentos a su lado, mirando fijamente al horizonte septentrional por el que el sol iba describiendo su curva alargada. Me situé a su lado y esperé en silencio. Llegó el mediodía sin que, al igual que la víspera, se mostrara el sol. Era la fatalidad. Imposible efectuar la observación. Y si ésta no podía hacerse al día siguiente, tendríamos que re-nunciar definitivamente a fijar nuestra posición. En efec-to, aquel día era precisamente el 20 de marzo. Y al día si-guiente, 21, el día del equinoccio, el sol, si no teníamos en cuenta la refracción, desaparecería del horizonte por un período de seis meses y con su desaparición comenzaría la larga noche polar. Surgido con el