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En reposo y en tierra adoptaban posturas sumamente gra-ciosas. Por ello, los antiguos, al observar su dulce fisonomía, la expresiva mirada de sus ojos límpidos y aterciopelados que resiste la comparación con la más bella mirada de una mujer, sus encantadoras posturas, los poetizaron a su mane-ra y metamorfosearon a los machos en tritones y a las hem-bras en sirenas. Hice observar a Conseil el considerable desarrollo de los lóbulos cerebrales en los inteligentes cetáceos. Exceptuado el hombre, ningún mamífero tiene una materia cerebral tan rica. Por ello, las focas son susceptibles de recibir una cierta educación; se las domestica fácilmente, y yo creo, con algu-nos naturalistas, que convenientemente amaestradas po-drían prestar grandes servicios como perros de pesca. La mayor parte de las focas dormían sobre las rocas o so-bre la arena. Entre las focas propiamente dichas que no tie-nen orejas externas difieren en eso de las otarias, que tie-nen las orejas salientes observé algunas variedades de estenorrincos, de tres metros de longitud, de pelo blanco, con cabezas de bull dogs, armados de diez dientes en cada mandíbula, con cuatro incisivos arriba y abajo y dos grandes caninos recortados en forma de flor de lis. Entre ellos había también elefantes marinos, especie de focas de trompa corta y móvil, los gigantes de la especie, con una longitud de diez metros y una circunferencia de veinte pies. No hicieron ningún movimiento al acercarnos. ¿No son animales peligrosos? preguntó Conseil. No, a menos que se les ataque. Cuando una foca defiende a sus pequeños su furor es terrible y no es raro que acabe despedazando la embarcación de los pescadores. Está en su derecho replicó Conseil. No digo que no. Dos millas más lejos, nos vimos detenidos por el promon-torio que protegía a la bahía de los vientos del Sur. El pro-montorio caía a pico sobre el mar y espumarajeaba bajo el oleaje. Más allá resonaban unos formidables rugidos, como sólo una manada de rumiantes h V&