agua, de doce grados en la superficie, no acusaba ya más que diez. Se habían ganado dos
grados. Obvio es decir que la temperatura del Nautilus, elevada por sus aparatos de
calefacción, se mantenía a una graduación muy superior. Todas las maniobras iban
reali-zándose con una extraordinaria precisión.
Pasaremos
dijo Conseil.
-Estoy seguro de ello
respondí con una profunda con-vicción.
Bajo el mar libre, el Nautilus tomó directamente el cami-no del Polo, sin apartarse del
quincuagésimo segundo meri-diano. De los 670 30' a los 900 había veintidós grados y
me-dio de latitud por recorrer, es decir, poco más de quinientas leguas. El Nautilus cobró
una velocidad media de veintiséis millas por hora -la velocidad de un tren expreso que, de
mantenerla, fijaba en cuarenta horas el tiempo necesario para alcanzar el Polo.
La novedad de la situación nos retuvo a Conseil y a mí du-rante una buena parte de la
noche ante el observatorio del salón. La irradiación eléctrica del fanal iluminaba el mar, que
aparecía desierto. Los peces no permanecían en aquellas aguas prisioneras, en las que no
hallaban más que un paso para ir del océano Antártico al mar libre del Polo. Nuestra
marcha era rápida y así se hacía sentir en los estremecimien-tos del largo casco de acero.
Hacia las dos de la mañana me fui a tomar unas horas de descanso. Conseil me imitó. No
encontré al capi L: