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Yo lo creo también, señor Aronnax. únicamente le haré la observación de que tras haber expresado tantas objecio-nes contra mi proyecto es usted ahora quien me abruma con sus argumentos a favor del mismo. Así era. ¡Había llegado yo a superar al capitán Nemo en audacia! Era yo quien le arrastraba hacia el Polo. Me adelan-taba a él y le distanciaba... Mas, ¡no, pobre loco! El capitán Nemo sabía mejor que tú los pros y los contras de la cues-tión, y se divertía al verte arrebatado por los sueños de lo im-posible. Entre tanto, no había perdido él un momento. A una señal suya, apareció el segundo. Los dos hombres conversaron rá-pidamente en su incomprensible lengua, y fuera porque el se-gundo hubiese sido puesto ya en antecedentes o bien porque hallase practicable el proyecto, no manifestó sorpresa algu-na. Pero por impasible que se mostrara no lo fue más que Conseil cuando le anuncié nuestra intención de ir hasta el Polo Sur. Un «como el señor guste» acogió mi comunicación y eso fue todo. En cuanto a Ned Land, nadie se alzó jamás de hombros con tanta expresividad como el canadiense. Mire, señor me dijo , me dan lástima usted y su capi-tán Nemo. Pero iremos al Polo, Ned. Posible, pero no volverán. Y tras decir esto, Ned Land se fue a su camarote para evi-tar «desahogarse haciendo una barrabasada», me dijo al salir. Los preparativos de la audaz empresa habían comenzado ya. Las potentes bombas del Nautilus almacenaban el aire en los depósitos a muy alta presión. Hacia las cuatro, el ca-pitán Nemo me anunció que iban a cerrarse las escotillas. Miré por última vez la espesa masa de hielo que íbamos a franquear. El tiempo estaba sereno, la atmósfera bastante pura. El frío era vivo, doce grados bajo cero, pero como el viento se había calmado, la temperatura no era demasiado insoportable. Una docena de hombres subieron a los flancos del Nauti-lus y, armados de picos, rompieron el hielo en torno a su ca-rena. La operación se realizó con rapidez, ya que la capa de hielo recién formada no era muy gruesa todavía. Todos penetramos en el interior. Los depósitos se llena-ron del agua que la flotación había mantenido libre. El Nau-tilus comenzó a descender. Me instalé en el salón junto a Conseil. Por el cristal veía-mos las capas inferiores del océano austral. El termómetro iba subiendo. La aguja del manómetro se desviaba sobre el cuadrante. A unos trescientos metros, tal y como había previsto el ca-pitán Nemo, flotábamos ya bajo la superficie ondulada de la banca de hielo. Pero el Nautílus se sumergió aún más hasta alcanzar una profundidad de ochocientos metros. A esa profundidad, la temperatura del