Test Drive | Page 245

Sin embargo dugongo. dijo el canadiense , en el mar Rojo usted nos autorizó a perseguir a un Se trataba entonces de procurar carne fresca a mi tripu-lación. Aquí sería matar por matar. Ya sé que es éste un privi-legio reservado al hombre, pero yo no admito estos pasa-tiempos mortíferos. Es una acción condenable la que cometen los de su oficio, señor Land, al destruir a estos seres buenos e inofensivos que son las ballenas, tanto la austral como la franca. Ya han despoblado toda la bahía de Baffin y acabarán aniquilando una clase de animales útiles. Deje, pues, tranquilos a estos desgraciados cetáceos, que bastante tienen ya con sus enemigos naturales, los cachalotes, los es-padones y los sierra. . Fácil es imaginar la cara del canadiense ante ese curso de moral. Emplear semejantes razonamientos con un cazador, palabras perdidas. Ned Land miraba al capitán Nemo, y era evidente que no comprendía lo que éste quería decirle. Tenía razón el capitán. El bárbaro, desconsiderado encarniza-miento de los pescadores hará desaparecer un día la última ballena del océano. Ned Land silbó entre dientes su Yankee doodle, se metió las manos en los bolsillos y nos volvió la espalda. El capitán Nemo observaba la manada de cetáceos. Súbi-tamente, se dirigió a mí. Tenía yo razón en decir que, sin contar al hombre, no le faltan a las ballenas enemigos naturales. Dentro de poco ésas van a pasar un mal rato. ¿Distingue usted, señor Aronnax, esos V