Sin embargo
dugongo.
dijo el canadiense , en el mar Rojo usted nos autorizó a perseguir a un
Se trataba entonces de procurar carne fresca a mi tripu-lación. Aquí sería matar por matar.
Ya sé que es éste un privi-legio reservado al hombre, pero yo no admito estos pasa-tiempos
mortíferos. Es una acción condenable la que cometen los de su oficio, señor Land, al
destruir a estos seres buenos e inofensivos que son las ballenas, tanto la austral como la
franca. Ya han despoblado toda la bahía de Baffin y acabarán aniquilando una clase de
animales útiles. Deje, pues, tranquilos a estos desgraciados cetáceos, que bastante tienen ya
con sus enemigos naturales, los cachalotes, los es-padones y los sierra. .
Fácil es imaginar la cara del canadiense ante ese curso de moral. Emplear semejantes
razonamientos con un cazador, palabras perdidas. Ned Land miraba al capitán Nemo, y era
evidente que no comprendía lo que éste quería decirle. Tenía razón el capitán. El bárbaro,
desconsiderado encarniza-miento de los pescadores hará desaparecer un día la última
ballena del océano.
Ned Land silbó entre dientes su Yankee doodle, se metió las manos en los bolsillos y nos
volvió la espalda.
El capitán Nemo observaba la manada de cetáceos. Súbi-tamente, se dirigió a mí.
Tenía yo razón en decir que, sin contar al hombre, no le faltan a las ballenas enemigos
naturales. Dentro de poco ésas van a pasar un mal rato. ¿Distingue usted, señor Aronnax,
esos V