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En cuanto a mí, he recibido un coletazo de ballena; en mi bote, claro. Mis compañeros y yo nos vimos despedidos a una altura de seis metros. Pero al lado de la ballena del señor profesor, la mía no era más que un ballenato. ¿Viven muchos años estos animales? Mil años preguntó Conseil. respondió el canadiense, sin vacilar. ¿Cómo lo sabe usted, Ned? Porque así se dice. ¿Y por qué se dice? Porque se sabe. No, Ned, eso no se sabe, se supone, y esa suposición se basa en este razonamiento. Hace cuatrocientos años, cuan-do los pescadores se lanzaron por vez primera en persecu-ción de las ballenas, éstas tenían un tamaño muy superior al actual. Se supone, pues, bastante lógicamente, que la infe-rioridad de las actuales ballenas se debe a que no han tenido tiempo de alcanzar su completo desarrollo. Esto es lo que hizo decir a Buffon que estos cetáceos podían y debían vivir mil años. ¿Me oye usted? Pero Ned Land no oía ni escuchaba. La ballena continua-ba acercándose y él la seguía, devorándola con los ojos. ¡No es una ballena, son diez, veinte, es una manada en-tera! ¡Y no poder hacer nada! ¡Estar aquí, atado de pies y manos! ¿Por qué no pide permiso de caza al capitán Nemo, ami-go Ned? No había acabado todavía Conseil de hablar, cuando ya Ned Land se precipitaba al interior en busca del capitán. Algunos instantes después, ambos reaparecían en la pla-taforma. El capitán Nemo observó la manada de cetáceos que evolucionaba a una milla del Nautilus. Son ballenas australes dijo . Hay ahí la fortuna de una flota de balleneros. Y bien, señor dijo el canadiense , ¿no podría yo darles caza, aunque sólo fuese para no olvidar mi antiguo oficio de arponero? ¿Para qué? respondió el capitán Nemo . ¿Cazar úni-camente por destruir? No necesitamos aceite de ballena a bordo.