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Pienso lo mismo que el amigo Ned dijo Conseil y aguardo la respuesta del señor. Pues el señor os responde, amigos míos, que las ballenas están localizadas, según sus especies, en algunos mares que no abandonan. Si uno de estos animales ha pasado del estre-cho de Bering al de Davis es, simplemente, porque debe existir un paso de un mar a otro, ya sea por las costas de América o por las de Asia. ¿Hay que creerle? dijo el canadiense, a la vez que cerra-ba un ojo. Hay que creer al señor sentenció Conseil. Así, pues -dijo el canadiense , como nunca he pescado en estos parajes no conozco las ballenas que los habitan, ¿no es así? Así es, Ned. Pues razón de más para conocerlas dijo Conseil. ¡Miren! ¡Miren! gritó el canadiense, con una voz con-movida . ¡Se acerca! ¡Viene hacia nosotros! ¡Me está desa-fiando! ¡Sabe que no puedo nada contra ella! Ned golpeaba la plataforma con el pie y su brazo se agita-ba blandiendo un arpón imaginario. ¿Son tan grandes estos cetáceos como los de los mares boreales? Casi, casi, Ned. Es que yo he visto ballenas muy grandes, señor, ballenas que medían hasta cien pies de longitud. Y he oído decir que la hullamock y la umgallick de las islas Aleutianas sobrepa-san a veces los ciento cincuenta pies. Eso me parece exagerado respondí . Esos animales no son más que balenópteros, provistos de aletas dorsales, y, al igual que los cachalotes, son generalmente más pequeños que la ballena franca. La mirada del canadiense no se apartaba del océano. ¡Ah! ¡Se acerca, viene hacia el Nautilus! Luego, reanudó la conversación. Habla usted del cachalote como si fuera un pequeño ani