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Y si no pude observar ni rayas de espejos, ni balistes, ni tetrodones, ni hipocampos, ni centriscos, ni blenios, ni la-bros, ni eperlanos, ni exocetos, ni pageles, ni bogas, ni or-flos, ni los principales representantes del orden de los pleuronectos, los lenguados, los gallos, las platijas, comu-nes al Atlántico y al Mediterráneo, fue debido a la vertigi-nosa velocidad a que navegaba el Nautilus por esas aguas opulentas. En cuanto a los mamíferos marinos, creo haber reconoci-do al pasar ante la bocana del Adriático dos o tres cachalotes que por su aleta dorsal parecían pertenecer al género de los fisetéridos, algunos delfines del género de los globicéfalos, propios del Mediterráneo, cuya cabeza, en su parte anterior, está surcada de unas rayas claras, así como una docena de focas de vientre blanco y pelaje negro, de las llamadas frailes por su parecido con los dominicos, de unos tres metros de longitud. Por su parte, Conseil creyó haber visto una tortuga de unos seis pies de anchura, con tres aristas salientes orienta-das longitudinalmente. Sentí no haberla visto, pues por la descripción que de ella me hizo Conseil, debía de pertenecer a esa rara especie conocida con el nombre de laúd. Yo tan sólo pude ver algunas cacuanas de caparazón alargado. En cuanto a los zoófitos, vi durante algunos instantes una ad-mirable galeolaria anaranjada que se pegó al cristal de la portilla de babor. Era un largo y tenue filamento que se com-plicaba en arabescos arborescentes cuyas finas ramas termi-naban en el más delicado encaje que hayan hilado jamás las rivales de Aracne. Desgraciadamente, no pude pescar esa admirable muestra, y ningún otro zoóflto mediterráneo se habría presentado ante mis ojos de no haber disminuido singularmente su velocidad el Nautilus en la tarde del 16, y en las circunstancias que describo seguidamente. Nos hallábamos a la sazón entre Sicilia y la costa de Tú-nez. En ese espacio delimitado por el cabo Bon y el estrecho de Mesina, el fondo del mar sube bruscamente formando una verdadera cresta a diecisiete metros de la superficie, mientras que a ambos lados de la misma la profundidad es de ciento setenta metros. El Nautilus hubo de maniobrar con prudencia para no chocar con la barrera submarina. Mostré a Conseil en el mapa del Mediterráneo el empla-zamiento del largo arrecife. Pero dijo Conseil , ¡si es un verdadero istmo que une a Europa y África! Sí, muchacho, cierra por completo el estrecho de Libia. Los sondeos hechos por Smith han probado que los dos con-tinentes estuvieron unidos en otro tiempo, entre los cabos Boco y Furina. Lo creo respondió Conseil. Una barrera semejante añadí existe entre Gibraltar y Ceuta, que en los tiempos geológicos cerraba completamen-te el Mediterráneo. ¡Mire que si un empuje volcánico levantara un día estas dos barreras por encima de la superficie del mar! Entonces...