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con lo oscuro de sus aletas; peces consa-grados a Venus, con el ojo engastado en un anillo de oro; es-pecie preciosa, amiga de todas las aguas, dulces o saladas, que habita ríos, lagos y océanos, bajo todos los climas, so-portando todas las temperaturas, y cuya raza, que remonta sus orígenes a las épocas geológicas de la Tierra, ha conser-vado la belleza de sus primeros días. Magníficos esturiones, de nueve a diez metros de largo, dotados de gran velocidad, golpeaban con su cola poderosa los cristales de nuestro ob-servatorio y nos mostraban su lomo azulado con manchas marrones; se parecen a los escualos, cuya fuerza no igualan, sin embargo; se encuentran en todos los mares, y en la pri-mavera remontan los grandes ríos, en lucha contra las co-rrientes del Volga, del Danubio, del Po, del Rin, del Loira, del Oder ... y se alimentan de arenques, caballas, salmones y gá-didos; aunque pertenezcan a la clase de los cartilaginosos, son delicados; se comen frescos, en salazón, escabechados, y, en otro tiempo, eran llevados en triunfo a las mesas de los Lúculos. Pero entre todos estos diversos habitantes del Mediterrá-neo, los que pude observar más útilmente, cuando el Nauti-lus se aproximaba a la superficie, fueron los pertenecientes al sexagesimotercer género de la clasificación de los peces óseos: los atunes, escómbridos con el lomo azul negruzco y vientre plateado, cuyos radios dorsales desprendían reflejos dorados. Tienen fama de seguir a los barcos, cuya sombra fresca buscan bajo los ardores del cielo tropical, y no la des-mintieron con el Nautilus, al que siguieron como en otro tiempo acom