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habilidad manual poco común, que no tenía igual en su peli-groso oficio. Poseía en grado superlativo las cualidades de la destreza y de la sangre fría, de la audacia y de la astucia. Muy maligna tenía que ser una ballena, singularmente astuto de-bía ser un cachalote, para que pudiera escapar a su golpe de arpón. Ned Land tenía unos cuarenta años de edad. Era un hombre de elevada estatura -más de seis pies ingleses1[L5] y de robusta complexión. Tenía un aspecto grave y era poco comunicativo, violento a veces y muy colérico cuando se le contrariaba. Su persona llamaba la atención, y sobre todo el poder de su mira-da que daba un singular acento a su fisonomía. Creo que el comandante Farragut había estado bien inspi-rado al contratar a este hombre que, por su ojo y su brazo, valía por toda la tripulación. No puedo hallarle mejor com-paración que la de un potente telescopio que fuese a la vez un cañón. Quien dice canadiense dice francés y, por poco comuni-cativo que fuese Ned Land, debo decir que me cobró cierto afecto, atraído quizá por mi nacionalidad. Era para él una ocasión de hablar, como lo era para mí de oír, esa vieja len-gua de Rabelais todavía en uso en algunas provincias cana-dienses. La familia del arponero era originaria de Quebec, y formaba ya una tribu de audaces pescadores en la época en que esa tierra pertenecía a Francia. Poco a poco, Ned se aficionó a hablar conmigo. A mí me gustaba mucho oírle el relato de sus aventuras en los mares polares. Narraba sus lances de pesca y sus combates, con una gran poesía natural. Sus relatos tomaban una forma épica que me llevaba a creer estar oyendo a un Homero canadien-se cantando la Ilíada de las regiones hiperbóreas. Describo ahora a este audaz compañero tal como lo co-nozco actualmente. Somos ahora viejos amigos, unidos por la inalterable amistad que nace y se cimenta en las pruebas difíciles. ¡Ah, mi buen Ned! Sólo pido vivir aún cien años más para poder recordarte más tiempo. ¿Cual era la opinión de Ned Land sobre la cuestión del monstruo marino? Debo confesar que no creía apenas en el unicornio y que era el único a bordo que no compartía la convicción general. Induso evitaba hablar del tema, sobre el que le abordé un día. Era el 30 de julio, es decir, a las tres se-manas de nuestra partida, y la fragata se hallaba a la altura del cabo Blanco, a treinta millas a sotavento de las costas de la Patagonia. Habíamos pasado ya el trópico de Capricor-nio, y el estrecho de Magallanes se abría a menos de sete-cientas millas al sur. Antes de ocho días, el Abraham Lincoln se hallaría en aguas del Pacífico. Hacía una magnífica tarde, y sentados en la toldilla hablá-bamos Ned Land y yo de unas y otras cosas, mientras mirá-bamos el mar misterioso cuyas profundidades han perma-necido hasta aquí inaccesibles a los ojos del hombre. Llevé naturalmente la conversación al unicornio gigantesco, y me extendí en consideraciones sobre las diversas posibilidades de éxito o de fracaso de nuestra expedición. Luego, al ver que Ned Land me dejaba hablar, le ataqué más directamente.