Test Drive | Página 15

Dejé a Conseil ocupado en instalar convenientemente nuestras maletas y subí al puente para seguir los preparati-vos de partida. El comandante Farragut estaba ya haciendo largar las úl-timas amarras que retenían al Abraham Lincoln al muelle de Brooklyn. Así, pues, hubiera bastado un cuarto de hora de retraso, o menos incluso, para que la fragata hubiese zar-pado sin mí y para perderme esta expedición extraordina-ria, sobrenatural, inverosímil, cuyo verídico relato habrá de hallar sin duda la incredulidad de algunos. El comandante Farragut no quería perder ni un día ni una hora en su marcha hacia los mares en que acababa de seña-larse la presencia del animal. Llamó a su ingeniero. ¿Tenemos suficiente presión? Sí, señor ¡Go ahead! le preguntó. respondió el ingeniero. gritó el comandante Farragut. Al recibo de la orden, transmitida a la sala de máquinas por medio de aparatos de aire comprimido, los maquinistas accionaron la rueda motriz. Silbó el vapor al precipitarse por las correderas entreabiertas, y gimieron los largos pisto-nes horizontales al impeler a las bielas del árbol. Las palas de la hélice batieron las aguas con una creciente rapidez y el Abraham Lincoln avanzó majestuosamente en medio de un centenar de ferry boats y de tenders [L4] cargados de espectado-res, que lo escoltaban. Los muelles de Brooklyn y de toda la parte de Nueva York que bordea el río del Este estaban también llenos de curio-sos. Tres hurras sucesivos brotaron de quinientas mil gar-gantas. Millares de pañuelos se agitaron en el aire sobre la compacta masa humana y saludaron al Abraham Lincoln hasta su llegada a las aguas del Hudson, en la punta de esa alargada península que forma la ciudad de Nueva York. La fragata, siguiendo por el lado de New Jersey, la admirable orilla derecha del río bordeada de hotelitos, pasó entre los fuertes, que saludaron su paso con varias salvas de sus cañones de mayor calibre. El Abraham Líncoln respondió al saludo arriando e izando por tres veces el pabellón norte-americano, cuyas treinta y nueve estrellas resplandecían en su pico de mesana. Luego modificó su marcha para tomar el canal balizado que sigue una curva por la bahía interior for-mada por la punta de Sandy Hook, y costeó esa lengua are-nosa desde la que algunos millares de espectadores lo acla-maron una vez más. El cortejo de boats y tenders siguió a la fragata hasta la al-tura del light boat, cuyos dos faros señalan la entrada de los pasos de Nueva York. Al llegar a ese punto, el reloj marcaba las tres de la tarde. El práctico del puerto descendió a su ca-noa y regresó a la pequeña goleta que le esperaba. Se forza-ron las máquinas y la hélice batió con más fuerza las aguas. La fragata costeó las orillas bajas y amarillentas de Long Is-land. A las ocho de la tarde, tras haber dejado al Noroeste el faro de Fire Island, la fragata surcaba ya a todo vapor las os-curas aguas del Atlántico.