mutilada. Luego tiñen las suturas, barnizan al pájaro y lo venden para su expedición a los
museos y a los aficionados de Europa. Es una singular industria ésta.
Bueno dijo Ned Land , si el pájaro no es auténtico sí lo son sus plumas, y como no
está destinado a ser comido no lo veo mal.
Si mis deseos estaban colmados con la posesión del pájaro del paraíso, no acontecía lo
mismo con los del cazador cana-diense. Pero, afortunadamente, hacia las dos, Ned Land
pudo cobrarse un magnífico cerdo salvaje, un barí outang como lo llaman los naturales.
Muy oportunamente había hecho su aparición aquel puerco que iba a procurarnos auténtica
carne de cuadrúpedo, y fue bien recibido. Ned Land se mostró muy orgulloso de su disparo.
El cerdo, alcanzado por la bala eléctrica, había caído fulminado.
El canadiense lo despojó y vació limpiamente de sus en-trañas y extrajo media docena de
chuletas destinadas a ase-gurarnos una buena parrillada para la cena. Luego, conti-nuamos
la cacería en la que Ned y Conseil renovarían sus proezas.
En efecto, los dos amigos se entregaron a una batida por los matorrales de los que
levantaron un grupo de canguros que salieron dando saltos sobre sus patas elásticas. Pero su
huida no fue tan rápida como para evitar que las balas eléc-tricas no detuvieran a algunos
en su carrera.
¡Ah, señor profesor! exclamó Ned Land, a quien exalta-ba el ardor de la caza , ¡qué
carne tan excelente, sobre todo estofada! ¡Qué despensa para el Nautilusi ¡Dos... tres....
cin-co ... ! ¡Y cuando pienso que nos comeremos toda esta carne, y que esos imbéciles de a
bordo no van a probarla!
Creo que si no hubiera hablado tanto, en su agitación, el canadiense los habría exterminado
a todos. Pero se limitó a derribar una docena de estos curiosos marsupiales que for-man el
primer orden de los mamíferos aplacentarios, como nos diría Conseil.
Eran de pequeña talla, una especie de los «canguros co-nejo», que se alojan habitualmente
en los troncos huecos de los árboles, y que están dotados de V