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Si el señor lo examina de cerca, podrá ver que no he teni-do gran mérito. ¿Porqué, Conseil? Porque este pájaro está borracho. ¿Borracho? Sí, señor. Ebrio de la nuez moscada que estaba comien-do en la mirística en que lo he encontrado. Vea, amigo Ned, vea los terribles efectos de la intemperancia. ¡Mil diantres! replicó el canadiense . ¡Mira que echar-me en cara la ginebra que he bebido desde hace dos meses! Al examinar al curioso pájaro vi que Conseil no se equi-vocaba. El ave del paraíso, embriagada por el jugo espirituo-so, estaba reducida a la impotencia, incapaz de volar y ape-nas de andar. Pero eso no me preocupaba y le dejé dormir «la mona». Nuestra presa pertenecía a la más hermosa de las ocho es-pecies conocidas en Papuasia y en la islas vecinas, es decir, a la llamada «gran esmeralda» que es, además, una de las más raras. Medía unos tres decímetros de largo. Su cabeza era re-lativamente pequeña y los ojos, situados cerca de la abertura del pico, eran también de pequeño tamaño. Todo él era una sinfonía de colores: el amarillo del pico, el marrón de las pa-tas y de las uñas, el siena de las alas que en sus extremidades se tornaba en púrpura, el amarillo pajizo de la cabeza y del cuello, el esmeralda de la garganta, el marrón de la pechuga y del vientre. Las plumas, largas y ligeras de la cola, de una fi-nura admirable, realzaban la belleza de este maravilloso pá-jaro, poéticamente llamado por los indígenas «pájaro de sol». Yo deseaba vivamente poder llevar a París aquel soberbio ejemplar de ave del paraíso, a fin de donarlo al Jardín de Plantas, que no posee ninguno vivo. ¿Es, pues, tan raro? preguntó el canadiense, con el tono del cazador poco inclinado a estimar la caza desde un punto de vista artístico. Muy raro, sí, y, sobre todo, muy difícil de capturarlo vivo. Y aun muertos, estos pájaros son objeto de un comer-cio muy activo. Por eso, los indígenas han llegado incluso a fabricarlos, como se hace con las perlas y los diamantes. ¿Cómo? dijo Conseil . ¿Es posible falsificar las aves de paraíso? Sí, Conseil. ¿Y conoce el señor el procedimiento de los indígenas? Sí. Durante el monzón del Este, las aves del paraíso pier-den las magníficas plumas que rodean su cola, esas plumas que los naturalistas han llamado subalares. Los falsificado-res recogen esas plumas y las adaptan con mucha destreza a una pobre cotorra previamente