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Se izaron las redes a bordo. Eran redes de barredera, se-mejantes a las usadas en las costas normandas, amplias bol-sas mantenidas entreabiertas por una verga flotante y una cadena pasada por las mallas inferiores. Esas redes, así arrastradas, barrían el fondo del mar y recogían todos sus productos a su paso. Aquel día subieron curiosas muestras de aquellos fondos abundantes en pesca: pejesapos, a los que sus cómicos movimientos les han valido el calificativo de histriones; los peces negros de Commerson, provistos de sus antenas; balistes ondulados, rodeados de fajas rojas; tetro-dones, cuyo veneno es extremadamente sutil; algunas lam-preas oliváceas; macrorrincos, cubiertos de escamas platea-das; triquiuros, cuya potencia eléctrica es igual a la del gimnoto y del torpedo; notópteros escamosos, con fajas par-das transversales; gádidos verdosos; diferentes variedades de gobios, y, finalmente, algunos peces de más amplias pro-porciones; un pámpano de prominente cabeza y de una lon-gitud de casi un metro; varios escómbridos, entre ellos algu-nos bonitos, ornados de colores azules y plateados,y tres magníficos atunes a los cpe la rapidez de su marcha no ha-bía podido salvar de la red. Calculé en más de mil libras lo izado por la red. Era un buen botín, pero no sorprendente, porque ese tipo de redes, mantenidas a la rastra dura-nte varias horas, capturan en su prisión de mallas todo un mundo acuático. No debíamos, pues, carecer de víveres de excelente calidad, y fácilmente renovables por la rapidez del Nautilus y por la atracción de su luz eléctrica. Se introdujo inmediatamente el pescado por el escotillón y se llevó a las despensas, unos para su consumo en fresco y otros para su preparación en conserva. Terminada la pesca y renovada la provisión de aire, creía yo que el Nautilus iba a proseguir su viaje submarino y me disponía ya a regresar a mi camarote, cuando el capitán Nemo, volviéndose hacia mí, me dijo sin preámbulo alguno: Mire el océano, señor profesor. ¿No está dotado de una vida real? ¿No tiene sus ataques de cólera y sus accesos de ternura? Ayer se durmió como nosotros y helo aquí que se despierta tras una noche apacible. Así me habló, sin saludo previo de ninguna clase. Se hu-biera dicho que el extraño personaje continuaba conmigo una conversación ya iniciada. ¡Mire cómo se despierta bajo la caricias del sol para revi-vir su existencia diurna! Interesante estudio el de observar el ritmo de su organismo. Posee pulso, arterias, tiene espas-mos, y yo estoy de acuerdo con el sabio Maury, que ha des-cubierto en él una circulación tan real como la de la sangre en los animales. Siendo obvio que el capitán Nemo no esperaba de mí nin-guna respuesta, me pareció inútil asentir a sus palabras con fórmulas tales como «evidentemente», «así es», «tiene usted razón»... Se hablaba más bien a sí mismo, con largas pausas entre frase y frase. Era una meditación en alta voz. Sí prosiguió , el océano posee una verdadera circula-ción, y para provocarla ha bastado al Creador de todas las cosas multiplicar en él el calórico, la sal y los animálculos.