Afortunadamente, estos voraces animales ven mal. Pasa-ron sin vernos, rozándonos casi
con sus aletas parduscas. Gracias a eso escapamos de milagro a un peligro más gran-de, sin
duda, que el del encuentro con un tigre en plena selva.
Media hora después, guiados por el resplandor eléctrico, llegamos al Nautilus. La puerta
exterior había permanecido abierta, y el capitán Nemo la cerró, una vez que hubimos
en-trado en la primera cabina. Luego oprimió un botón. Oí cómo maniobraban las bombas
en el interior del navío y, en unos instantes, la cabina quedó vaciada. Se abr