Test Drive | Página 60

Las relaciones humanas como intercambio 61 nal a la magnitud de la injusticia percibida. La persona tiende a reducir o eliminar por completo dicha tensión, y la motivación para que esto suceda será una función de la magnitud de la tensión creada. Si la teoría de la obligación es bastante similar a la de la disonancia cognoscitiva de Festinger, que veremos en el capítulo 13, más similar aún a ella es, como reconoce el propio Adams, la teoría de la equidad. Por otra parte, resulta muy interesante la aplicación de esta teoría a relaciones muy diversas como relaciones padres-hijos, relaciones de pareja, etcétera (Walster y cols., 1978), destacando probablemente su aplicación a un asunto tan actual como las disensiones de pareja y el divorcio, que se producen, entre otras razones, porque las mujeres van dejando de aceptar la desigual situación de intercambio que se produce, en perjuicio de ellas, en una pareja de corte tradicional, en la que la inversión que hacen las mujeres es muy superior a la que hacen los hombres. Tampoco esta teoría se ha visto libre de críticas. Así, Tajfel le critica sobre todo dos cosas: a) Tener una visión ingenua y simplista de la realidad social; y b) Ser muy individualista, al hacer recaer sobre el individuo las contradicciones básicas de la sociedad. Conclusión En definitiva, aunque algunos autores, como Morales (1981b), elogian a estas teorías, sin embargo son muchos los que se muestran abiertamente críticos, siendo éstas las críticas más frecuentes: 1) Su relativa incapacidad para hacer predicciones exactas; 2) Ser altamente dificultoso e incluso imposible operativizar sus conceptos y variables; 3) Ser reduccionistas a la hora de explicar la conducta social, ya que, como dice Rodríguez Pérez (1993, pág. 77), reducen todo el proceso social a un simple proceso intrapersonal; y 4) No atender a los aspectos simbólicos del comportamiento humano (Álvaro, 1995). Finalmente, me gustaría hacerme eco de las reflexiones de Torregrosa (1981) quien, centrándose en las premisas metateóricas que subyacen al paradigma del intercambio, desvela el «modelo de hombre» sobre el que se apoya, que no es otro que el del «economicismo individualista» que arraiga en el substrato ideológico del capitalismo, así como su «naturalismo ahistorizante», consecuencia del estilo skinneriano de analizar la conducta social de los organismos. Sin embargo, como acertadamente señala el propio profesor Torregrosa: en una sociedad en que casi todo puede estar sometido al valor de cambio es de esperar, casi tautológicamente, que las teorías del intercambio reflejen o, incluso, modelen la lógica de los procesos sociales. Ahora bien, de ahí a pretender que estamos ante un modelo de hombre y sociedad que se corresponden con una supuesta naturaleza inmutable y ahistórica, y que, por tanto, es universal e intemporalmente válido, es sumamente arriesgado, y creo que, hoy por hoy, insostenible.