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Modernidad y psicología social: orientaciones… 401 por medio de los cuales expresa su visión de la situación, y por medio de ella su evaluación de los participantes, en especial de sí mismo». La idea básica de que parte Goffman es que la vida social es una representación, un gran teatro en que cada uno desempeña sus papeles y donde el individuo tratará de controlar las impresiones que causa en los demás, exhibiendo un despliegue ritual de comportamiento adecuado a esa óptima autopresentación. Sin embargo, las críticas a Goffman han sido tan duras como las hechas a otras modalidades del interaccionismo simbólico, destacando las siguientes (Jiménez Burillo, 1981a): a) No se trata de una teoría explícita sino tan sólo de un marco descriptivo en donde se albergan observaciones anecdóticas más o menos ilustrativas, siendo raras las proposiciones empíricamente verificables; b) sus análisis se limitan a las relaciones cara a cara, excluyendo otro tipo de comportamiento; c) es reflejo de la sociedad de clases medias norteamericana, constitutivamente competitiva, en la que lo fundamental no es el esfuerzo, sino la «fachada», la pura apariencia; d) no explica qué motivos tienen los actores para su autopresentación ni por qué los otros la aceptan o rechazan; e) la estructura social aparece como constante, inmutable, no afectada por las personas, pareciéndose olvidar del cambio social; y f) es una metafísica, en suma, de la sociedad de consumo, donde la realidad misma es sustituida por símbolos y los procesos de comunicación se agotan en intercambios de buenas apariencias. Todos los modelos vistos en este apartado comparten una visión de la realidad opuesta al estructuralismo. Las personas no son receptoras pasivas que van acomodando sus necesidades a las demandas del medio, sino, ante todo, actores que reconstruyen simbólicamente el mismo. Como escribe Blumer (1982, pág. 81), «la descripción correcta es que el individuo construye sus objetos basándose en su propia y continua actividad, en lugar de estar rodeado por objetos preexistentes que influyen en él y elaboran su conducta». Sin embargo, hay dos aspectos que deberían incorporarse a su esquema teórico (Álvaro, 1995, págs. 40-41): El primero es que la conducta humana no puede ser reducida a sus aspectos simbólicos... Por otro lado, el interaccionismo simbólico, junto con las teorías aquí reseñadas, debe prestar más atención a los aspectos estructurales y no sólo microsociales de dicha conducta. Los significados compartidos en el curso de la interacción deben ser entendidos en un contexto más amplio de relaciones desiguales de poder. La paradoja del hombre consiste en ser constructor de su medio y estar subordinado al mismo. Esta paradoja no puede ser explicada de forma completa sin tener en cuenta que los contextos históricos y culturales en que se da la conducta, así como las tensiones entre los grupos y clases sociales en cada época, constituyen factores determinantes de dichas construcciones simbólicas. Los procesos de interacción simbólica en que se da la aparición de la persona como ser social son imprescindibles para entender ésta, pero caeremos en un idealismo social si estas interacciones aparecen aisladas de la estructura social en la cual se dan.