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Anastasio Ovejero Bernal
fidedignas o pasan a ser directamente perjudiciales, ya que distorsionan la
verdad. Ahora bien, añade Gergen, que las tecnologías científicas deban
utilizarse para diversos propósitos (como hacer la guerra, controlar la
población o la previsión política) tiene que ser una preocupación vital para
los científicos, pero tal como se ha dejado claro con frecuencia, las decisiones acerca de estos temas no pueden derivarse de la ciencia en cuanto tal.
Para muchos científicos sociales, el ultraje moral de la guerra de Vietnam
empezó a socavar la confianza en este enfoque existente desde hacía mucho
tiempo. De algún modo la neutralidad de las ciencias, como medusas en un
océano, parecía ser algo moralmente corrupto. No sólo no había nada
acerca del aspecto científico que diera razón al rechazo de la brutalidad
imperialista, sino que el establishment científico a menudo entregaba sus
esfuerzos a mejorar las tecnologías de la agresión. Había, por tanto, una
importante razón para restaurar y revitalizar el lenguaje del «deber ser».
Todo ello exigía una perspectiva crítica, que no era algo nuevo, sino que,
como mínimo, venía ya de los años 30 (Horkheimer, Adorno, Marcuse,
Benjamin, etc.), mostrando que las pretensiones de verdad científica podían
ser evaluadas en términos de los sesgos ideológicos que revelaban. «Para
cualquier grupo preocupado por la injusticia o la opresión, la crítica ideológica es un arma poderosa para socavar la confianza en las realidades que
se dan por sentadas propias de las instituciones dominantes: la ciencia, el
gobierno, lo militar, la educación, entre otras. Como forma general, la crítica ideológica intenta poner de manifiesto los sesgos valorativos que subyacen a las afirmaciones de la verdad y la razón» (Gergen, 1996, pág. 56).
El resultado de la crisis parece aún difícil de evaluar, existiendo la perspectiva pesimista de quienes dicen que no ha ejercido efecto ninguno
(Kressel, 1989; Jiménez Burillo y cols., 1992; Páez y cols., 1992b), y la más
optimista de quienes afirman que a partir de los años 70, y como consecuencia directa de la crisis, se ha venido gestando en nuestra disciplina un
nuevo paradigma caracterizado por el énfasis en los aspectos históricos,
dialécticos y simbólicos de la conducta humana, el interés por la ideología,
el reconocimiento del carácter activo de las personas, la preocupación por
el cambio y la resolución de los problemas sociales, el estudio de la vida
cotidiana y la utilización de métodos alternativos de investigación (Ibáñez,
1990; House, 1991; Collier y cols., 1991; Montero, 1994a; etc.). Personalmente creo que la crisis, con sus componentes constitucionales, académicos
y personales, ha sido muy útil y fructífera, como suelen serlo generalmente
las crisis, al convertirse, por el conflicto que producen, en un verdadero
motor del cambio social. De hecho, a) ha fomentado la búsqueda de métodos menos obstrusivos que los utilizados habitualmente por la psicología
social tradicional y, en todo caso, ha hecho posible que se acuda, sin complejo de inferioridad alguno, a métodos no experimentales; b) ha permitido
la ampliación del marco teórico en que deben desenvolverse las