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378 Anastasio Ovejero Bernal fidedignas o pasan a ser directamente perjudiciales, ya que distorsionan la verdad. Ahora bien, añade Gergen, que las tecnologías científicas deban utilizarse para diversos propósitos (como hacer la guerra, controlar la población o la previsión política) tiene que ser una preocupación vital para los científicos, pero tal como se ha dejado claro con frecuencia, las decisiones acerca de estos temas no pueden derivarse de la ciencia en cuanto tal. Para muchos científicos sociales, el ultraje moral de la guerra de Vietnam empezó a socavar la confianza en este enfoque existente desde hacía mucho tiempo. De algún modo la neutralidad de las ciencias, como medusas en un océano, parecía ser algo moralmente corrupto. No sólo no había nada acerca del aspecto científico que diera razón al rechazo de la brutalidad imperialista, sino que el establishment científico a menudo entregaba sus esfuerzos a mejorar las tecnologías de la agresión. Había, por tanto, una importante razón para restaurar y revitalizar el lenguaje del «deber ser». Todo ello exigía una perspectiva crítica, que no era algo nuevo, sino que, como mínimo, venía ya de los años 30 (Horkheimer, Adorno, Marcuse, Benjamin, etc.), mostrando que las pretensiones de verdad científica podían ser evaluadas en términos de los sesgos ideológicos que revelaban. «Para cualquier grupo preocupado por la injusticia o la opresión, la crítica ideológica es un arma poderosa para socavar la confianza en las realidades que se dan por sentadas propias de las instituciones dominantes: la ciencia, el gobierno, lo militar, la educación, entre otras. Como forma general, la crítica ideológica intenta poner de manifiesto los sesgos valorativos que subyacen a las afirmaciones de la verdad y la razón» (Gergen, 1996, pág. 56). El resultado de la crisis parece aún difícil de evaluar, existiendo la perspectiva pesimista de quienes dicen que no ha ejercido efecto ninguno (Kressel, 1989; Jiménez Burillo y cols., 1992; Páez y cols., 1992b), y la más optimista de quienes afirman que a partir de los años 70, y como consecuencia directa de la crisis, se ha venido gestando en nuestra disciplina un nuevo paradigma caracterizado por el énfasis en los aspectos históricos, dialécticos y simbólicos de la conducta humana, el interés por la ideología, el reconocimiento del carácter activo de las personas, la preocupación por el cambio y la resolución de los problemas sociales, el estudio de la vida cotidiana y la utilización de métodos alternativos de investigación (Ibáñez, 1990; House, 1991; Collier y cols., 1991; Montero, 1994a; etc.). Personalmente creo que la crisis, con sus componentes constitucionales, académicos y personales, ha sido muy útil y fructífera, como suelen serlo generalmente las crisis, al convertirse, por el conflicto que producen, en un verdadero motor del cambio social. De hecho, a) ha fomentado la búsqueda de métodos menos obstrusivos que los utilizados habitualmente por la psicología social tradicional y, en todo caso, ha hecho posible que se acuda, sin complejo de inferioridad alguno, a métodos no experimentales; b) ha permitido la ampliación del marco teórico en que deben desenvolverse las