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La construcción histórica de la psicología social 369 tencia de estas dos disciplinas, diferentes desde el punto de vista teórico, metodológico y sustantivo, parece haberse mantenido hasta nuestros días (Jiménez Burillo y cols., 1992), de tal forma que en los años 70 son muchos los que, tras reconocer la existencia de las dos psicologías sociales, critican duramente a la dominante, la psicológica, por su carácter individualista, ateórico, ahistórico, socialmente irrelevante y políticamente al servicio del poder, fundamentalmente de la industria y del ejército norteamericanos (Stryker, 1977; Semin y Manstead, 1979; etc.). Y la discusión, que continuó en los años 80 no parece estar llevando a ninguna convergencia. Así, por ejemplo, mientras que Stryker (1991) incluso valora positivamente las divergencias entre ambos «bandos», Stephan y Stephan (1991) hablan de los difíciles y casi insuperables obstáculos que los dividen, como si realmente se tratara de dos bandos incluso hostiles (estereotipos negativos, incomunicación, etnocentrismo disciplinar, etc.). De hecho, estudios recientes (Cappel y Guterbock, 1992; Ennis, 1992; Guterbock, 1992, y Páez y cols., 1992) siguen encontrando que aún existe muy poca relación entre los sociólogos y los psicólogos que se dedican a la psicología social y que los temas en que trabajan unos y otros se solapan muy poco. «De todas formas, las diferencias entre ambas tradiciones deben buscarse más allá de los contenidos concretos o de los manuales académicos. La psicología social psicológica tiene sus raíces en la admiración y devoción de la psicología por la razón y el conocimiento humano (racionalismo ilustrado), mientras que la sociológica tiene su origen en una especial sensibilidad hacia los problemas sociales, hacia la reforma social y el progreso» (Seoane, 1996, págs. 35-36). Por su parte House (1977), aunque no ha sido el único, habla incluso de una tercera psicología social, la sociología psicológica, que intentaría estudiar la influencia que sobre el individuo tienen los grandes procesos macrosociales (urbanización, industrialización, etc.). Inspirándose en el lema del gran Mills —combinar biografía e historia—, esta perspectiva es, en realidad, la única que incorpora verdaderamente a la «sociedad» en sus desarrollos, analizando las implicaciones psicológicas y comportamentales de las estructuras sociales. Siendo ciertamente lamentable la marginación académica de esta sólida alternativa a la psicología social dominante, parece detectarse en estos últimos años un resurgimiento de esta tercera vía con hallazgos de innegable relevancia social en las áreas, por ejemplo, del trabajo, la salud, o la afectividad (Jiménez Burillo y cols., 1992, pág. 17). Recapitulando, diremos que el inicio de la psicología social no está ni en Triplett (1898), que ni siquiera realizó el primer experimento, ni en Ross (1908), ni en McDougall (1908), que no publicaron los primeros manuales de psicología social, ni tampoco empieza con Wundt, pues casi cincuenta años antes de que publicase sus primeros escritos sobre la Psicología de los Pueblos habían aparecido ya en Rusia los primeros ensayos sobre una psicología de carácter etnográfico que, de acuerdo con Budilova (1984), constituyen los comienzos de la psicología social en Rusia, y que ya estu-