La construcción histórica de la psicología social
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tencia de estas dos disciplinas, diferentes desde el punto de vista teórico,
metodológico y sustantivo, parece haberse mantenido hasta nuestros días
(Jiménez Burillo y cols., 1992), de tal forma que en los años 70 son muchos
los que, tras reconocer la existencia de las dos psicologías sociales, critican
duramente a la dominante, la psicológica, por su carácter individualista,
ateórico, ahistórico, socialmente irrelevante y políticamente al servicio del
poder, fundamentalmente de la industria y del ejército norteamericanos
(Stryker, 1977; Semin y Manstead, 1979; etc.). Y la discusión, que continuó
en los años 80 no parece estar llevando a ninguna convergencia. Así, por
ejemplo, mientras que Stryker (1991) incluso valora positivamente las
divergencias entre ambos «bandos», Stephan y Stephan (1991) hablan de
los difíciles y casi insuperables obstáculos que los dividen, como si realmente se tratara de dos bandos incluso hostiles (estereotipos negativos,
incomunicación, etnocentrismo disciplinar, etc.). De hecho, estudios recientes (Cappel y Guterbock, 1992; Ennis, 1992; Guterbock, 1992, y Páez y
cols., 1992) siguen encontrando que aún existe muy poca relación entre los
sociólogos y los psicólogos que se dedican a la psicología social y que los
temas en que trabajan unos y otros se solapan muy poco. «De todas formas,
las diferencias entre ambas tradiciones deben buscarse más allá de los contenidos concretos o de los manuales académicos. La psicología social psicológica tiene sus raíces en la admiración y devoción de la psicología por la
razón y el conocimiento humano (racionalismo ilustrado), mientras que la
sociológica tiene su origen en una especial sensibilidad hacia los problemas
sociales, hacia la reforma social y el progreso» (Seoane, 1996, págs. 35-36).
Por su parte House (1977), aunque no ha sido el único, habla incluso
de una tercera psicología social, la sociología psicológica, que intentaría
estudiar la influencia que sobre el individuo tienen los grandes procesos
macrosociales (urbanización, industrialización, etc.).
Inspirándose en el lema del gran Mills —combinar biografía e historia—, esta perspectiva es, en realidad, la única que incorpora verdaderamente a la «sociedad» en sus desarrollos, analizando las implicaciones
psicológicas y comportamentales de las estructuras sociales. Siendo ciertamente lamentable la marginación académica de esta sólida alternativa a
la psicología social dominante, parece detectarse en estos últimos años un
resurgimiento de esta tercera vía con hallazgos de innegable relevancia
social en las áreas, por ejemplo, del trabajo, la salud, o la afectividad
(Jiménez Burillo y cols., 1992, pág. 17).
Recapitulando, diremos que el inicio de la psicología social no está ni
en Triplett (1898), que ni siquiera realizó el primer experimento, ni en
Ross (1908), ni en McDougall (1908), que no publicaron los primeros manuales de psicología social, ni tampoco empieza con Wundt, pues casi cincuenta años antes de que publicase sus primeros escritos sobre la Psicología
de los Pueblos habían aparecido ya en Rusia los primeros ensayos sobre una
psicología de carácter etnográfico que, de acuerdo con Budilova (1984),
constituyen los comienzos de la psicología social en Rusia, y que ya estu-