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Anastasio Ovejero Bernal
d) Desindividualización: en ciertas circunstancias (en grupo y sobre
todo en grandes masas, de noche, con las caras pintadas, uniformes, etc.) la
gente sufre un proceso de desindividualización que le lleva a comportarse
de forma diferente a como le gustaría comportarse o como le dicta su conciencia o su forma de ser. Lo que hace de alguna manera la desindividualización es des-socializar al individuo.
Finalmente, creo interesante observar la relación, comprobada en diferentes ocasiones, entre culpabilidad y la conducta pro social. Tradicionalmente se ha creído que los sentimientos desagradables reducen la tendencia a ayudar a los demás. Sin embargo, ello no es así siempre. En efecto,
Darlington y Macker (1966) comprobaron que las personas que creían
haber perjudicado a otras eran relativamente rápidas en aceptar dar sangre
al hospital de la localidad. En otro estudio (Carlsmith y Gross, 1969), los
estudiantes que acababan de dar una descarga eléctrica a un compañero,
tendían a colaborar más en un falso comité, para salvar los pinos gigantes
de California, que quienes habían dado solamente descargas suaves a su
compañero. Es interesante constatar que las personas que han perjudicado
accidentalmente a otro, tienden a ayudar más a personas distintas de las
dañadas por ellas (Freedman, Wallingston y Bless, 1967). Por otra parte,
Rawlings (1970) ha comprobado que el hecho de saber que alguien acaba
de ser dañado, es suficiente para provocar el altruismo, aunque no sea responsable del perjuicio causado.
En definitiva, probablemente el aspecto más interesante y llamativo de
este modelo de Darley y Latané sea su afirmación de que, dada un situación de emergencia, cuanto mayor sea el número de espectadores, menor
será la probabilidad de que alguien intervenga. Y existen básicamente cuatro razones explicativas de tal pasividad del individuo: a) la presencia de
los otros inhibe la conducta espontánea posible del individuo; b) la inactividad de los presentes actúa de modelo de comportamiento; c) el efecto
interactivo de las dos circunstancias anteriores será tanto mayor estando
varios que si el individuo se encuentra solo; y d) la presencia de otros sujetos diluye la responsabilidad del experimentador haciéndole pensar que su
intervención no es necesaria.
Como vemos, no es la personalidad altruista la única variable que
explica las conductas pro sociales de las personas. A menudo son factores
exteriores (anonimato, tamaño del grupo, etc.) e incluso variables aparentemente triviales (sentimientos de culpa, etc.) los que más influyen en la
conducta altruista. Así, Darley y Batson (1973) llevaron a cabo un experimento en un seminario teológico encontrando que la variable que mejor
explicaba la conducta de ayuda de sus sujetos (que consistía en ayudar a
una «víctima» que se había caído al suelo) era la «prisa»: a la mitad se les
pidió que pensaran en problemas profesionales, y a la otra mitad en la
parábola evangélica del buen samaritano. Mientras pensaban en ello, se les
mandó ir a otro edificio, señalándoles a unos que se dieran prisa que ya llegaban tarde, a otros que iban con suficiente tiempo y, finalmente, a otros
que iban sobrados de tiempo. Los resultados fueron claros: en la condición