Los zoófitos del período de transición se aniquilan a su vez. Toda la vida de la tierra
queda resumida en mí, y mi corazón es el único que late en este mundo despoblado. Deja
de haber estaciones, desaparecen los climas; el calor propio del globo aumenta sin cesar y
neutraliza el del sol. La vegetación se exagera; paso como una sombra en medio de los
helechos arborescentes, hollando con mis pasos inciertos las irisadas arcillas y los
abigarrados asperones del suelo; me apoyo en los troncos de las inmensas coníferas; me
acuesto a la sombra de las esfenofilos, de los asterofilos y de los licopodios que miden
cien pies de altura.
Los siglos transcurren como días; me remonto a la serie de las transformaciones
terrestres; las plantas desaparecen; las rocas graníticas pierden su dureza: el estado
líquido va a reemplazar al sólido bajo la acción de un calor más intenso; las aguas corren
por la superficie del globo; hierven y se volatilizan; los vapores envuelven la tierra, que
lentamente se reduce a una masa gaseosa, a la temperatura del rojo blanco, de un
volumen igual al del sol y con brillo igual al suyo.
En el centro de esta nebulosa, un millón cuatrocientas mil veces más voluminosa que el
globo que ha de formar un día soy arrastrado por los espacios interplanetarios; el cuerpo
se sutiliza, se sublima a su vez, y se mezcla como un átomo imponderable a estos
inmensos vapores que trazan en el infinito su órbita inflada.
—¡Qué sueño! ¿Adónde me lleva? Mi mano febril vierte sobre el papel sus extraños
pormenores. Lo he olvidado todo: ¡el profesor, el guía, la balsa...! Una alucinación base
apoderada de mi espíritu...
—Qué tienes?—me pregunta mi tío.
Mis ojos desencajados se fijan sobre él, sin verlo.
—¡Ten cuidado, Axel, que te vas a caer al mar!
Al mismo tiempo, me siento vigorosamente cogido por la mano de Hans. A no ser por
este auxilio, me habría precipitado en el mar bajo el i