Test Drive | Page 118

Los zoófitos del período de transición se aniquilan a su vez. Toda la vida de la tierra queda resumida en mí, y mi corazón es el único que late en este mundo despoblado. Deja de haber estaciones, desaparecen los climas; el calor propio del globo aumenta sin cesar y neutraliza el del sol. La vegetación se exagera; paso como una sombra en medio de los helechos arborescentes, hollando con mis pasos inciertos las irisadas arcillas y los abigarrados asperones del suelo; me apoyo en los troncos de las inmensas coníferas; me acuesto a la sombra de las esfenofilos, de los asterofilos y de los licopodios que miden cien pies de altura. Los siglos transcurren como días; me remonto a la serie de las transformaciones terrestres; las plantas desaparecen; las rocas graníticas pierden su dureza: el estado líquido va a reemplazar al sólido bajo la acción de un calor más intenso; las aguas corren por la superficie del globo; hierven y se volatilizan; los vapores envuelven la tierra, que lentamente se reduce a una masa gaseosa, a la temperatura del rojo blanco, de un volumen igual al del sol y con brillo igual al suyo. En el centro de esta nebulosa, un millón cuatrocientas mil veces más voluminosa que el globo que ha de formar un día soy arrastrado por los espacios interplanetarios; el cuerpo se sutiliza, se sublima a su vez, y se mezcla como un átomo imponderable a estos inmensos vapores que trazan en el infinito su órbita inflada. —¡Qué sueño! ¿Adónde me lleva? Mi mano febril vierte sobre el papel sus extraños pormenores. Lo he olvidado todo: ¡el profesor, el guía, la balsa...! Una alucinación base apoderada de mi espíritu... —Qué tienes?—me pregunta mi tío. Mis ojos desencajados se fijan sobre él, sin verlo. —¡Ten cuidado, Axel, que te vas a caer al mar! Al mismo tiempo, me siento vigorosamente cogido por la mano de Hans. A no ser por este auxilio, me habría precipitado en el mar bajo el i