—Género de los pterichthys; sería capaz de jurarlo. Pero éstos ofrecen una
particularidad que dicen que es privativa de los peces de las aguas subterráneas.
—¿Cuál?
—Que son ciegos.
—¡Ciegos!
—No solamente ciegos, sino que carecen en absoluto de órgano de la visión.
Miro y veo que es verdad; pero esto puede ser un caso aislado.
Ceba el guía nuevamente el anzuelo y lo echa al agua. En este océano debe abundarla
pesca de un modo extraordinario, porque, en dos horas, cogemos una gran cantidad de
pterichthys, y de otros peces pertenecientes a otra familia extinguida también, los
diptéridos, mas cuyo género no puede determinar mi tío. Todos ellos carecen de órgano
de la visión. Esta inesperada pesca renovó ventajosamente nuestras provisiones.
Parece, pues, demostrado que este mar solamente contiene especies fósiles, en las
cuales los peces, lo mismo que los reptiles, son tanto más perfectos cuanto más antigua es
su creación.
Tal vez encontremos algunos de esos saurios que la ciencia ha sabido rehacer con un
fragmento de hueso o de cartílago.
Tomo el anteojo y examino el mar. Está desierto. Sin duda nos encontramos aún
demasiado próximas a las costas.
Entonces miro hacia el aire. ¿Por qué no batirían con sus alas estas pesadas capas
atmosféricas esas aves reconstruidas por Cuvier? Los peces les proporcionarían un
excelente alimento. Examino el espacio, pero los aires están tan deshabitados como las
playas.
Mi imaginación, sin embargo, me arrastra a las maravillosas hipótesis de la
paleontología. Sueño despierto. Creo ver en la superficie de las aguas esos enormes
quersitos, esas tortugas antediluvianas que semejan islotes flotantes. Me parece ver transitar por las sombrías playas a los grandes mamíferos de los primeros días de la creación:
el leptoterio, encontrado en las cavernas del Brasil; el mericoterio, venido de las regiones
heladas de Siberia. Más allá el paquidermo lofiodón, ese gigantesco tapir que se oculta
detrás de las rocas para disputar su presa al anoploterio, animal extraño que participa del
rinoceronte, del caballo, del hipopótamo y del camello, como si el Creador, queriendo
acabar pronto en los primeros días del mundo, hubiese reunido varios animales en uno
solo. El gigantesco mastodonte hace girar su trompa y tritura con sus colmillos las
piedras de la orilla, en tanto que el megaterio, sostenido sobre sus enormes patas, escarba
la tierra despertando con sus rugidos el eco de los sonoros granitos. Más arriba, el
protopiteco, primer simio que hizo su aparición sobre la superficie del globo, se encarama
a las más empinadas cumbres. Más alto todavía, el pterodáctilo, de manos aladas, se
desliza como un enorme murciélago sobre el aire comprimido. Por último, en las últimas
capas, inmensas aves, más potentes que el casoar, más voluminosos que el avestruz,
despliegan sus amplias alas y van a dar con la cabeza contra la pared de la bóveda de
granito.
Todo este mundo fósil renace en mi imaginación. Me remonto a las épocas bíblicas de
la creación, mucho antes del nacimiento del hombre, cuando la tierra incompleta no era
aún suficiente para éste. Mi sueño se remonta después aún más allá de la aparición de los
seres animados. Desaparecen las mamíferos, después los pájaros, más tarde los reptiles de
la época secundaria, y, por fin, los peces, los crustáceos, los moluscos y los articulados.