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—Pero, ¿dónde estamos tío? Porque no le he dirigido hasta ahora esta pregunta que sus instrumentos de usted han debido contestar. —Horizontalmente, a trescientas cincuenta leguas de Islandia. —¿Tan lejos? —Tengo la seguridad de no haberme equivocado en quinientas toesas. —¿Y la brújula sigue indicando el Sudeste? —Sí, con una inclinación occidental de diez y nueve grados y cuarenta y dos minutos, exactamente igual que en la superficie de la tierra. Respecto a su inclinación ocurre un hecho curioso que he observado con la mayor escrupulosidad. —¿Qué hecho? —Que la aguja, en vez de inclinarse hacia el polo, como ocurre en el hemisferio boreal, se levanta, por el contrario. —Eso parece indicar que el centro de atracción magnética se encuentra comprendido entra la superficie del globo y el lugar donde nos hallamos. —Exacto; y, probablemente, si llegásemos bajo las regiones polares, hacia el grado 70 en que Jacobo Ross descubrió el polo magnético, veríamos la aguja en posición vertical. Así, pues, este misterioso centro de atracción no se halla situado a una gran profundidad. —Cierto, y éste es un hecho que la ciencia no ha sospechado siquiera. —La ciencia, hijo mío, está llena de errores; pero de errores que conviene conocer, porque conducen poco a poco a la verdad. —Y, ¿a qué profundidad nos hallamos? —A una profundidad de treinta y cinco leguas. —De esta suerte —observé—, estudiando atentamente el mapa, tenemos sobre nuestras cabezas la parte montañosa de Escocia, donde están los montes Grampianos, cuyas cimas cubiertas de nieve se elevan a una altura prodigiosa. —Sí —respondió el profesor sonriendo—, la carga es algo pesada; pero la bóveda es sólida. El sabio arquitecto, autor del universo, la construyó con buenos materiales, y jamás hubieran podido los hombres darle dimensiones tan grandes. ¿Qué son los arcos de los puentes y las bóvedas de las catedrales al lado de esta nave de tres leguas de radio, bajo la cual puede desarrollarse libremente un océano con todas sus tempestades? —¡Oh! No temo por cierto, que el cielo pueda caérseme encima de la cabeza. Y, ahora, dígame, tío, ¿cuáles son sus proyectos de usted? ¿No piensa usted regresar a la superficie del globo? —¿Regresar? ¡Qué disparate! Por el contrario, proseguir nuestro viaje, ya que todo, hasta ahora, nos ha salido tan bien. —Sin embargo, no veo el medio de penetrar por debajo de esta llanura líquida. —No te imagines que pienso arrojarme a ella de cabeza. Pero si los océanos no son, propiamente hablando, más que lagos, puesto que se hallan rodeados de tierra, con mayor razón lo es este mar interior que se halla circunscrito por el macizo de granito. —Eso no cabe duda. —Pues bien, en la orilla opuesta tengo la seguridad de encontrar nuevas salidas. —¿Qué longitud le calcula usted a este océano? —Treinta o cuarenta leguas. —¡Ah! —exclamé yo, sospechando que este cálculo bien podía ser inexacto. —De manera que no tenemos tiempo que perder, y mañana nos haremos a la mar. Involuntariamente, busqué con los ojos el barco que habría de transportarnos.