un pequeño puerto natural, formado por rocas piramidales, cuyas tranquilas aguas
dormían al abrigo del viento, y en el cual hubieran podido hallar seguro asilo un
bergantín y dos o tres goletas. Hasta me parecía que iba a presenciar la salida de él de
algún buque con todo el aparejo desplegado y que lo iba a ver navegar a un largo,
empujado por la brisa del Sur.
Empero esta ilusión se disipó rápidamente. Nosotros éramos los únicos seres vivientes
de aquel mundo subterráneo. En ciertos recalmones del viento, un silencio más profundo
que el que reina en los desiertos descendía sobre las áridas rocas y pasaba sobre el
océano. Entonces procuraba penetrar con mi mirada las apartadas brumas, desgarrar
aquel telón corrido sobre el fondo del misterioso horizonte. ¡Cuántas preguntas acudían
en tropel a mis labios! ¿Dónde terminaba aquel mar? ¿Dónde conducía? ¿Podríamos
alguna vez reconocer las orillas opuestas?
Mi tío, por su cuenta, no dudaba de ello. En cuanto a mí, lo temía y lo deseaba a la vez.
Después de contemplar por espacio de una hora aquel maravilloso espectáculo,
emprendimos otra vez el camino de la playa para regresar a la gruta: y bajo la impresión
de las más extrañas ideas, me dormí profundamente.