Oesterheld, Héctor – El Eternauta y otros cuentos de ciencia ficción
espalda; le saqué los cargadores del bolsillo y corrí escapando por entre el
pastizal y los sauces... No fui lejos. Allí, en el claro donde bajáramos, estalla el
helicóptero, con Favalli, desconcertado, mirando en mi dirección. Lo habían
alarmado, sin duda, los disparos. Debió verme, porque de pronto tiró la
herramienta que tenía en la mano y, con agilidad que nunca le imaginé, se
metió en el helicóptero. Y antes de que yo atinara a nada, ya tenía la hélice
mayor en marcha. Ya empezaba a ganar altura.
"¿Le tiro? No me sería difícil cazarlo. No puedo errarle desde aquí... Pero..."
Antes de que terminara de decidirme, ocurrió lo impensado. Quizá por error
de maniobra, quizá porque el motor de cola todavía andaba mal, el
helicóptero no terminó de rebasarlas copas de los árboles, se desplazó a un
lado, tocó unas ramas, se ladeó y volvió a tocar el suelo...
No había terminado aún de asentarse cuando ya Favalli saltaba a tierra, ya se
me venía a toda carrera como si hubiera recibido órdenes de capturarme de
cualquier modo, sin medir los riesgos.
"Viene desarmado. Quizá pueda dominarlo sin tener que herirlo."
Dejé a un lado las metralletas. Me agaché porque ya se me abalanzaba. Más
pesado que yo, con mucha más fuerza, me castigó al cuerpo con golpes
abiertos, me empujó y me tiró de un rodillazo.
Me dejé rodar, me incorporé y eludí una nueva embestida. Lo golpeé de
izquierda, de derecha...
"Pelea mal; demasiado desesperado... No se cuida, sólo piensa en aplastarme...
No es difícil derrotar a un adversario así, aunque sea mucho más pesado..."
Contragolpeé al cuerpo, al rostro, al cuerpo, eludiendo sin dificultad sus
tremendos manotazos y pude apuntar con comodidad un neto directo a la
mandíbula. El golpe llegó justo y se derrumbó."¡Por fin!... Lo cargaré y me lo
llevaré..." Busqué las metralletas, me las puse a la espalda, volví... Pero Favalli
no estaba "knockout": se puso de pie de un salto en sorpresiva reacción y echó
a correr a toda velocidad hacia el helicóptero.
Desconcertado, tardé en reaccionar mientras ya estaba Favalli en el
helicóptero, ya lo volvía a poner en marcha, ya remontaba vuelo otra vez...
No volvió a chocar. Hizo una breve evolución y hubo un centello en la cabina:
chicotazos a mi alrededor. Comprendí que me estaba ametrallando. Salté a un
lado, me escabullí entre los sauces, corrí a todo lo que me daban las piernas.
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