Oesterheld, Héctor – El Eternauta y otros cuentos de ciencia ficción
paso.
—Más reclutas, mi capitán —el isleño nos presentó, orgulloso de su trabajo.
El capitán, un hombre de uniforme indefinible, tenía pantalones color caqui,
chaqueta de la gendarmería, botas altas; la gorra dorada le quedaba rara sobre
aquel conjunto que era y no era marcial.
—Al terraplén —nos ordenó casi sin separar los labios—. ¡Hay palas de sobra
allí: a trabajar!
—Ya lo oyeron —el sargento nos hizo una seña con la cabeza, marchó con
nosotros hasta que llegamos al terraplén.
—Aquí tienen palas de sobra.
Sí, había una increíble cantidad de palas y de picos. "Asaltarían un almacén de
ramos generales" pensé.
Nos pusimos a cavar. Los hombres dándole a la pala, las mujeres cargando la
tierra en cestas de mimbre, de las que se usaban para la fruta.
—Trabajen... No hay tiempo que perder...
Cada tanto el capitán hacía una gira de inspección. Se golpeaba las botas con
un junco; su presencia era un estímulo indudable, pues todos aceleraban las
paladas apenas lo veían.
—Trabajen... Cuando esté listo el terraplén empezaremos la instrucción militar
con ustedes también... Cada hombre debe poder luchar como un veterano...
Trabajen... No se paren... Trabajen...
Por fin tuve que descansar: los brazos, la espalda no me daban más.
Aproveché que el sargento se enfrascaba en conferencia con el teniente y me
dejé caer contra el terraplén.
"¿Qué estamos haciendo aquí? ¿Tiene algún sentido lodo esto? Las defensas
que preparamos son nada contra las armas de los Ellos..."
—¿Un matecito? —el italiano de los bigotes había encontrado tiempo para
encender un fuego. Vaya uno a saber de dónde había sacado la pava, el mate y
la yerba.
Se lo acepté, me hizo mucho bien el trago estimulante. Comencé a ver todo lo
que me rodeaba con un poco más de tranquilidad.
Hasta ese momento había estado verdaderamente idiota, me había dejado
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