Oesterheld, Héctor – El Eternauta y otros cuentos de ciencia ficción
el brazo y tratando de alejarlos del muelle.
Pero me contuve: ya la lancha esta muy cerca, podía ver con toda claridad a
los ocupantes, al hombre que, a popa y con un cabo en la mano, se aprestaba
a la maniobra del atraque. Ninguno de ellos tenía el fatídico instrumento en la
nuca __Desistí de escapar.
La popa de la lancha dio contra el muelle. El hombre del cabo se asió a un
poste, ayudó a la mujer y al chico a subir. En seguida salté yo.
—¿Adonde vamos, señor? —pregunté.
—Al Paraná. A La Cruz —el hombre era un isleño de rostro requemado por el
sol.
—¿A La Cruz? —nunca había oído ese nombre.
—Sí... Allí se está reuniendo toda la gente de la zona... Ya hay dos mil, por lo
menos...
—¿Quién los manda?
—El capitán Roca... Un capitán retirado. Un hombre muy ducho en manejar
gente, se ve a la legua. Desde hace tres días estamos fortificando una isla.
—¿Contra quién?
—Contra los hombres robots, pues. ¿Contra quién había de ser?
Me gustó la manera de mirar del isleño. Seguro que se sentía un poco padre
de todos los que había recolectado con la lancha.
Me senté junto a la mujer y el chico. Miré al resto del pasaje, una veintena de
personas. Podrían ser los pasajeros de un domingo cualquiera si no fuera por
los rostros sin afeitar con las facciones hundidas, como comidas por el
espanto. ¡Quién sabe qué experiencias había vivido cada uno!...
Otro muelle, con un hombre haciendo señas.
Medio viejo, rubio, con grandes bigotes manchados de tabaco. Un italiano del
norte, seguro, rodeado por media docena de perros pomerania. Subió a la
lancha, se sentó a mi lado.
—Menos mal que vinieron —me sonrió con la boca y los ojos azules—. Ya
creía que tendría que quedarme para siempre. El patrón tuvo que irse con el
"fuera de borda" —siguió contando más para él que para mí—. La lancha no le
arrancaba.
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