–Pues lea vuestra merced alto –dijo Sancho–, que gusto mucho destas cosas de
amores.
–Que me place –dijo don Quijote.
Y, leyéndola alto, como Sancho se lo había rogado, vio que decía desta manera:
Tu falsa promesa y mi cierta desventura me llevan a parte donde antes volverán a
tus oídos las nuevas de mi muerte que las razones de mis quejas. Desechásteme,
¡oh ingrata!, por quien tiene más, no por quien vale más que yo; mas si la virtud
fuera riqueza que se estimara, no envidiara yo dichas ajenas ni llorara desdichas
propias. Lo que levantó tu hermosura han derribado tus obras: por ella entendí que
eras ángel, y por ellas conozco que eres mujer. Quédate en paz, causadora de mi
guerra, y haga el cielo que los engaños de tu esposo estén siempre encubiertos,
porque tú no quedes arrepentida de lo que heciste y yo no tome venganza de lo
que no deseo.
Acabando de leer la carta, dijo don Quijote:
–Menos por ésta que por los versos se puede sacar más de que quien la escribió es
algún desdeñado amante.
Y, hojeando casi todo el librillo, halló otros versos y cartas, que algunos pudo leer y
otros no; pero lo que todos contenían eran quejas, lamentos, desconfianzas,
sabores y sinsabores, favores y desdenes, solenizados los unos y llorados los otros.
En tanto que don Quijote pasaba el libro, pasaba Sancho la maleta, sin dejar rincón
en toda ella, ni en el cojín, que no buscase, escudriñase e inquiriese, ni costura que
no deshiciese, ni vedija de lana que no escarmenase, porque no se quedase nada
por diligencia ni mal recado: tal golosina habían despertado en él los hallados
escudos, que pasaban de ciento. Y, aunque no halló mas de lo hallado, dio por bien
empleados los vuelos de la manta, el vomitar del brebaje, las bendiciones de las
estacas, las puñadas del arriero, la falta de las alforjas, el robo del gabán y toda la
hambre, sed y cansancio que había pasado en servicio de su buen señor,
pareciéndole que estaba más que rebién pagado con la merced recebida de la
entrega del hallazgo.
Con gran deseo quedó el Caballero de la Triste Figura de saber quién fuese el
dueño de la maleta, conjeturando, por el soneto y carta, por el dinero en oro y por
las tan buenas camisas, que debía de ser de algún principal enamorado, a quien
desdenes y malos tratamientos de su dama debían de haber conducido a algún
desesperado término. Pero, como por aquel lugar inhabitable y escabroso no
parecía persona alguna de quien poder informarse, no se curó de más que de pasar
adelante, sin llevar otro camino que aquel que Rocinante quería, que era po