esconderse algunos días por aquellas asperezas, por no ser hallados si la
Hermandad los buscase. Animóle a esto haber visto que de la refriega de los
galeotes se había escapado libre la despensa que sobre su asno venía, cosa que la
juzgó a milagro, según fue lo que llevaron y buscaron los galeotes.
Así como don Quijote entró por aquellas montañas, se le alegró el corazón,
pareciéndole aquellos lugares acomodados para las aventuras que buscaba.
Reducíansele a la memoria los maravillosos acaecimientos que en semejantes
soledades y asperezas habían sucedido a caballeros andantes. Iba pensando en
estas cosas, tan embebecido y trasportado en ellas que de ninguna otra se
acordaba. Ni Sancho llevaba otro cuidado –después que le pareció que caminaba
por parte segura– sino de satisfacer su estómago con los relieves que del despojo
clerical habían quedado; y así, iba tras su amo sentado a la mujeriega sobre su
jumento, sacando de un costal y embaulando en su panza; y no se le diera por
hallar otra ventura, entretanto que iba de aquella manera, un ardite.
En esto, alzó los ojos y vio que su amo estaba parado, procurando con la punta del
lanzón alzar no sé qué bulto que estaba caído en el suelo, por lo cual se dio priesa a
llegar a ayudarle si fuese menester; y cuando llegó fue a tiempo que alzaba con la
punta del lanzón un cojín y una maleta asida a él, medio podridos, o podridos del
todo, y deshechos; mas, pesaba tanto, que fue necesario que Sancho se apease a
tomarlos, y mandóle su amo que viese lo que en la maleta venía.
Hízolo con mucha presteza Sancho, y, aunque la maleta venía cerrada con una
cadena y su candado, po