vino a hacer un poco de ruido, bien diferente de aquel que a él le ponía tanto
miedo. Oyólo Don Quijote, y dijo: ¿Qué rumor es ése, Sancho? No sé, señor,
respondió él. Alguna cosa nueva debe ser, que las aventuras y desventuras nunca
comienzan por poco.
Tornó otra vez a probar ventura, y sucedióle tan bien, que sin más ruido y alboroto
que el pasado, se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le había dado; mas
como Don Quijote tenía el sentido del olfato tan vivo como el de los oídos, y Sancho
estaba tan junto y cosido con él, que casi por línea recta subían los vapores hacia
arriba, no se pudo excusar de que algunos no se llegasen a sus narices, y apenas
hubieron llegado, cuando él fue al socorro apretándolas entre los dos dedos, y con
tono algo gangoso, dijo: Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo. Sí tengo,
respondió Sancho: ¿mas en que lo echa de ver vuestra merced ahora más que
nunca? En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar, respondió Don Quijote.
Bien podrá ser, dijo Sancho; mas yo no tengo la culpa, sino vuestra merced, que
me trae a deshoras y por estos no acostumbrados pasos. Retírate tres o cuatro allá,
amigo, dijo Don Quijote,todo esto sin quitarse los dedos de las narices; y desde
aquí adelante ten más en cuenta con tu persona, y con lo que debes a la mía, que
la mucha conversación que tengo contigo ha engendrado este menosprecio.
Apostaré, replicó Sancho, que piensa vuestra merced que yo he hecho de mi
persona alguna cosa que no deba. Peor es meneallo, amigo Sancho, respondió Don
Quijote.
En estos coloquios y otros semejantes pasaron la noche amo y mozo; mas viendo
Sancho que a más andar se venía la mañana, con mucho tiento desligó a Rocinante
y se ató los calzones.
Como Rocinante se vió libre, aunque él de suyo no era nada brioso, parece que se
resintió y comenzó a dar manotadas, porque corbetas, con perdón suyo, no las
sabía hacer. Viendo, pues, Don Quijote que ya Rocinante se movía, lo tuvo a buena
señal, y creyó que lo era de que acometiese aquella temerosa aventura. Acabó en
esto de descubrirse el alba, y de parecer distintamente las cosas, y vio Don Quijote
que estaba entre unos árboles altos, que eran castaños, que hacen la sombra muy
oscura, sintió también que el golpear no cesaba, pero no vio quién lo podía causar,
y así, sin más detenerse, hizo sentir las espuelas a Rocinante, y tornando a
despedirse de Sancho, le mandó que allí le aguardase tres días a lo más largo,
como ya otra vez se lo había dicho, y que si al cabo dellos no hubiese vuelto,
tuviese por cierto que Dios había sido servido de que en aquella peligrosa aventura
se le acabasen sus días.
Tornóle a referir el recado y embajada que había de llevar de su parte a su señora
Dulcinea, y que en lo que tocaba a la paga de sus servicios no tuviese pena, porque
él había dejado hecho su testamento antes de que saliera de su lugar, donde se
hallaría gratificado de todo lo tocante a su salario, rata por cantidad del tiempo que
hubiese servido; pero que si DIos le sacaba de aquel peligro sano y salvo y sin
cautela, se podía tener por muy más que cierta la prometida ínsula.
De nuevo tornó a llorar Sancho, oyendo de nuevo las lastimeras razones de su
buen señor, y determinó de no dejarle hasta el último trance y fin de aquel negocio.
Destas lágrimas y determinación tan honrada de Sancho Panza saca el autor desta
historia que debía de ser bien nacido, y por lo menos cristiano viejo: cuyo
sentimiento enterneció algo a su amo, pero no tanto que mostrase flaqueza alguna,
antes, disimulando lo mejor que pu