buena voluntad, y lo pagó de su mismo dinero, porque en efecto se dice de ella
que, aunque estaba en aquel trato, tenía unas sombras y lejos de cristiana. Así
como bebió Sancho, dió de los carcaños a su asno, y abriéndole la puerta de la
venta de par en par, se salió della muy contento de no haber pagado nada, y de
haber salido con su intención, aunque había sido a costa de sus acostumbrados
fiadores, que eran sus espaldas. Verdad es que el ventero se quedó con sus alforjas
en pago de lo que se le debía; mas Sancho no las echo menos, según salió turbado.
Quiso el ventero atrancar bien la puerta así como le vió fuera; mas no lo
consintieron los manteadores, que era gente que, aunque Don Quijote fuera
verdaderamente de los caballeros andantes de la Tabla Redonda, no le estimaran
en dos ardites.