familias de los venideros siglos; y no se me replique en esto, si no fuere con las
condiciones que puso Cerbino al pie del trofeo de las armas de Orlando, que decía:
Nadie las mueva
que estar no pueda
con Roldán a prueba.
Aunque el mío es de los Cachopines de Laredo, respondió el caminante, no le osaré
yo poner con el del Toboso de la Mancha puesto que, para decir verdad, semejante
apellido hasta ahora no ha llegado a mis oídos. Como ese no habrá llegado, replicó
Don Quijote. Con gran atención iban escuchando todos los demás la plática de los
dos, y aun hasta los mismos cabreros y pastores conocieron la demasiada falta de
juicio de nuestro Don Quijote. Sancho Panza pensaba que cuanto su amo decía era
verdad, sabiendo él quién era, habiéndole conocido desde su nacimiento; y en lo
que dudaba algo era en creer aquello de la linda Dulcinea del Toboso, porque nunca
tal nombre ni tal princesa había llegado jamás a su noticia, aunque vivía tan cerca
del Toboso.
En estas pláticas iban cuando vieron que por la quiebra que dos altas montañas
hacían, bajaban hasta veinte pastores, todos con pellicos de negra lana vestidos, y
coronados con guirnaldas que, a lo que después pareció, eran cual de tejo y cual de
ciprés. Entre seis dellos traían unas andas, cubiertas de mucha diversidad de flores
y de ramos. Lo cual, visto por uno de los cabreros, dijo: aquellos que allí vienen son
los que traen el cuerpo de Grisóstomo, y el pie de aquella montaña es el lugar
donde él mandó que le enterrasen. Por eso se dieron priesa a llegar, y fue a tiempo
que ya los que venían habían puesto las andas en el suelo, y cuatro dellos con
agudos picos, estaban cavando la sepultura a un lado de una dura peña.
Recibiéronse los unos y los otros cortésmente, y luego, Don Quijote, y los que con
él venían, se pusieron a mirar las andas, y en ellas vieron cubierto de flores un
cuerpo muerto, y vestido como pastor, de edad al parecer de treinta años; y
aunque muerto, mostraba que vivo había sido de rostro hermoso y de disposición
gallarda. Alrededor dél tenía en las mismas andas algunos libros y muchos papeles
abiertos y cerrados; y así los que estos miraban como los que abrían la sepultura, y
todos los demás que allí había, guardaban un maravilloso silencio, hasta que uno
de los que al muerto trujeron dijo a otro: mirad bien, Ambrosio, si es este el lugar
que Grisóstomo dijo, ya que queréis que tan puntualmente se cumpla lo que dejó
mandado en su testamento. Esto es, repondió Ambrosio, que muchas veces en él
me contó mi desdichado amigo la historia de su desventura. Allí me dijo él que vio
la vez primera a aquella enemiga mortal del linaje humano, y allí fue también
donde la primera vez le declaró su pensamiento tan honesto como enamorado, y
allí fue la última vez donde Marcela le acabó de desengañar y desdeñar; de suerte
que puso fin a la tragedia de su miserable vida y aquí, en memoria de tantas
desdichas, quiso él que le depositasen en las entrañas del eterno olvido. Y
volviéndose a Don Quijote y a los caminantes, prosiguió diciendo: ese cuerpo,
señores, que con piadosos ojos estáis mirando, fue depositario de un alma en quien
el cielo puso infinita parte de sus riquezas. Ese es el cuerpo de Grisóstomo, que fue
único en el ingenio, sólo en la cortesía, extremo en la gentileza, fénix en la
amistad, magnífico sin tasa, grave sin presunción, alegre sin bajeza, y finalmente,
primero en todo lo que es ser bueno, y sin segundo en todo lo que fue sr
desdichado. Quiso bien, fue aborrecido; adoró, fue desdeñado; rogó a una fiera,
importunó a un mármol, corrió tras el viento, dio voces a la soledad, sirvió a la
ingratitud, de quien alcanzó por premio ser despojo de la muerte en la mitad de la
carrera de su vida, a la cual dio fin una pastora, a quien él procuraba eternizar para
que viviera en la memoria de las gentes, cual lo pudieran mostrar bien estos
papeles que estáis mirando, si él no me hubiera mandado que los entregara al
fuego en habiendo entregado su cuerpo a la tierra. De mayor rigor y crueldad
usaréis vos con ellos, dijo Vivaldo, que su mismo dueño, pues no es justo ni