nuestra primera madre, que ella sin ser forzada, ofrecía por todas partes de su
fértil y espacioso seno lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que
entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de
valle en valle, y de otero en otero, en trenza y en cabello, sin más vestidos de
aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y
ha querido siempre que se cubra; y no eran sus adornos de los que ahora se usan,
a quien la púrpura de Tiro y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino
de algunas hojas de verdes lampazos y hiedra entretejidas, con lo que quizá iban
tan pomposas y compuestas, como van ahora nuestras cortesanas con las raras y
peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se
decoraban los conceptos amorosos del alma simple y sencillamente, del mismo
modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para
encarecerlos. No habían la fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad
y la llaneza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar
ni ofender los del favor y los del interés, que tanto ahora la menoscaban, turban y
persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez,
porque entonces no había qué juzgar ni quién fuese juzgado. Las doncellas y la
honestidad andaban, como tengo dicho, por donde quiera, solas y señoras, sin
temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento las menoscabasen, y su perdición
nacía de su gusto y propia voluntad. Y ahora en estos nuestros detestables siglos
no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de
Creta; porque allí por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud,
se les entra la amorosa pestilencia, y les hace dar con todo su recogimiento al
traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia,
se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas,
amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. De esta orden
soy yo, hermanos cabreros, aquien agradezco el agasajo y buen acogimiento que
hacéis a mí y a mi escudero; que aunque por ley natural están todos los que viven
obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía por saber que, sin saber
vosotros esta obligación, me acogísteis y regalásteis, es razón que con la voluntad
a mí posible os agradezca la vuestra.
Toda esta larga arenga (que se pudiera muy bien excusar) dijo nuestro caballero,
porque las bellotas que le dieron le trujeron a la memoria la edad dorada, y
antojósele hacer aquel inútil razonamiento a los cabreros, que, sin respondelle
palabra, embobados y suspensos le estuvieron escuchando. Sancho asimismo
callaba, y comía bellotas y visitaba muy amenudo el segundo zaque, que porque se
enfriase el vino lo tenían colgado de un alcornoque. Más tardó en hablar Don
Quijote que en acabar la cena, al fin de la cual uno de los cabreros dijo: para que
con más veras pueda vuestra merced decir, señor caballero andante, que le
agasajamos con pronta y buena voluntad, queremos darle solaz y contento con
hacer que cante un compañero nuestro, que no tardará mucho en estar aquí, el
cual es un zagal muy entendido y muy enamorado, y que sobre todo sabe leer y
escribir, y es músico de un rabel, que no hay más que desear. Apenas había el
cabrero acabado de decir esto, cuando llegó a sus