un paje consejero, un rey ganapán y una princesa fregona? ¿Qué diré, pues, de la
observancia que guardan en los tiempos en que pueden o podían suceder las
acciones que representan, sino que he visto comedia que la primera jornada
comenzó en Europa, la segunda en Asia, la tercera se acabó en África, y aun, si
fuera de cuatro jornadas, la cuarta acababa en América, y así, se hubiera hecho en
todas las cuatro partes del mundo? Y si es que la imitación es lo principal que ha de
tener la comedia, ¿cómo es posible que satisfaga a ningún mediano entendimiento
que, fingiendo una acción que pasa en el tiempo del rey Pepino y Carlomagno, al
mismo que en ella hace la persona principal le atribuyan que fue el emperador
Heraclio, que entró con la Cruz en Jerusalén, y el que ganó la Casa Santa, como
Godofre de Bullón, habiendo infinitos años de lo uno a lo otro; y fundándose la
comedia sobre cosa fingida, atribuirle verdades de historia y mezclarle pedazos de
otras sucedidas a diferentes personas y tiempos, y esto, no con trazas verisímiles,
sino con patentes errores, de todo punto inexcusables? Y es lo malo que hay
ignorantes que digan que esto es lo perfecto, y que lo demás es buscar gullurías.
Pues ¿qué, si venimos a las comedias divinas? ¡Qué de milagros falsos fingen en
ellas, qué de cosas apócrifas y mal entendidas, atribuyendo a un santo los milagros
de otro! Y aun en las humanas se atreven a hacer milagros, sin más respeto ni
consideración que parecerles que allí estará bien el tal milagro y apariencia, como
ellos llaman, para que gente ignorante se admire y venga a la comedia; que todo
esto es en perjuicio de la verdad y en menoscabo de las historias, y aun en oprobio
de los ingenios españoles; porque los extranjeros, que con mucha puntualidad
guardan la leyes de la comedia, nos tienen por bárbaros e ignorantes, viendo los
absurdos y disparates de las que hacemos. Y no sería bastante disculpa desto decir
que el principal intento que las repúblicas bien ordenadas tienen permitiendo que
se hagan públicas comedias es para entretener la comunidad con alguna honesta
recreación, y divertirla a veces de los malos humores que suele engendrar la
ociosidad; y que, pues éste se consigue con cualquier comedia, buena o mala, no
hay para qué poner leyes, ni estrechar a los que las componen y representan a que
las hagan como debían hacerse, pues, como he dicho, con cualquiera se consigue lo
que con ellas se pretende. A lo cual respondería yo que este fin se conseguiría
mucho mejor, sin comparación alguna, con las comedias buenas que con las no
tales; porque de haber oído la comedia artificiosa y bien ordenada, saldría el oyente
alegre con las burlas, enseñado con las veras, admirado de los sucesos, discreto
con las razones, advertido con los embustes, sagaz con los ejemplos, airado contra
el vicio y enamorado de la virtud; que todos estos afectos ha de despertar la buena
comedia en el ánimo del que la escuchare, por rústico y torpe que sea, y de toda
imposibilidad es imposible dejar de alegrar y entretener, satisfacer y contentar, la
comedia que todas estas partes tuviere mucho más que aquella que careciere
dellas, como por la mayor parte carecen éstas que de ordinario agora se
representan. Y no tienen la culpa desto los poetas que las componen, porque
algunos hay dellos que conocen muy bien en lo que yerran, y saben
extremadamente lo que deben hacer; pero como las comedias se han hecho
mercadería vendible, dicen, y dicen verdad, que los representantes no se las
comprarían si no fuesen de aquel jaez; y así, el poeta procura acomodarse con lo
que el representante que le ha de pagar su obra le pide. Y que esto sea Verdad
véase por muchas e infinitas comedias que ha compuesto un felicísimo ingenio
destos reinos, con tanta gala, con tanto donaire, con tan elegante verso, con tan
buenas razones, con tan graves sentencias, y, finalmente, tan llenas de elocución y
alteza de estilo, que tiene lleno el mundo de su fama; y, por querer acomodarse al